domingo, 14 de enero de 2018

Presencia y legado tlaxcalteca en el noreste

Antonio Guerrero Aguilar/

Hablar de los orígenes de Tlaxcala, nos remite a un grupo trashumante, quienes guiados por el dios Camaxtli, llegaron a la sierra de Tepeticpac, para fundar un señorío al que llamaron “Texcallac”, que significa despeñadero. El vocablo cambió a “Tlaxcalla”, cuya traducción refiere al "lugar de tortillas o pan de maíz". Durante mucho tiempo, el pueblo tlaxcalteco luchó para sobrevivir el asedio de parte de teotihuacanos, cholultecas y los olmeca-xicalancas  que radicaban en Cacaxtla. Cuando los mexicas dominaron el centro de México en el siglo XV, nunca pudieron con los tlaxcaltecas; quienes se defendieron exitosamente de los ejércitos mexicas y de sus alianzas con otros pueblos de los alrededores.

La expedición de Hernán Cortés, debió pasar por su territorio con rumbo a la capital del gran imperio en 1519. Luego de tres batallas, ambas partes se sentaron a negociar. Los tlaxcaltecas aceptaron luchar con los españoles en la conquista de la gran Tenochtitlan. A cambio debían convertirse a la fe católica, pero les respetaron su autonomía y forma de gobierno. Por su participación recibieron tierras, trato similar al de españoles, y se esparcieron hacia el norte de la Nueva España y parte de Centroamérica. Incluso acompañaron a Pedro de Alvarado a Perú.

Igualmente sirvieron a los planes de conquista y expansión de la Corona, cuando el virrey Luis de Velasco y Castilla  logró que 400 familias tlaxcaltecas emigraron rumbo al norte en 1591. Formaron seis colonias en Mezquitic, Venegas, Venado, Guadalcázar, Matehuala y finalmente San Esteban de la Nueva Tlaxcala. El terreno fue cedido por el ayuntamiento de la Villa de Santiago del Saltillo el 13 de septiembre de 1591, quedando en medio de las secciones que correspondieron a los huachichiles por el lado sur y a los borrados por el lado norte. Pero estas etnias nunca se hicieron sedentarios o se fueron, por lo que los tlaxcaltecas se quedaron con esos terrenos. Para reforzar las empresas de  pacificación y población, también  sirvieron como ejemplo de “vida civilizada” a los nómadas de la región.


De San Esteban de la Nueva Tlaxcala salió una parte de los proyectos de colonización del Nuevo Reino de León. Las poblaciones en las que se asentaron y/o fundaron tenían pocas familias. Todos pertenecían a la cuarta o quinta generación de tlaxcaltecas que salieron en 1591. Muchos de ellos recibieron más de 600 varas, casi la legua cuadrada en los pueblos que fundaron. Los colonizadores no vieron justa esa distribución y trataron de impedir la formación de nuevas misiones de indios. A decir verdad, los tlaxcaltecas llegaron a formar pueblos para evitar el abuso que padecían los indígenas del Nuevo Reino de León. Las colonias tlaxcaltecas de los siglos XVII y XVIII se formaron como un grupo de apoyo a una fundación misional. Sus terrenos permanecían al margen y con cierta autonomía de la misión. Por eso los se les consideraba como pobladores con “tierras para que siembren aparte y el agua competente, sin mezclarse con los indios chichimecos”.

El cronista Alonso de León fue comisionado en 1646 para establecer el pueblo de San Juan de la Nueva Tlaxcala, perteneciente a la jurisdicción de San Juan Bautista de Cadereyta.  Ahí estuvieron unas cuantas familias procedentes de la ciudad de Tlaxcala, hasta que los llamados “indios bárbaros” quemaron y destruyeron las casas en 1648, donde además habitaban unas familias de origen otomí. Ese año los franciscanos llevaron a otras familias de origen tlaxcalteco a las misiones de San José y Santa María de los Ángeles del Río Blanco. De ahí pasaron unos que procedían de Venado para fundar San Antonio de los Llanos en 1663, en el actual Hidalgo, Tamaulipas.

En 1680 unos misioneros procedentes del Colegio de la Santa Cruz pasaron por Saltillo; con la intención de crear unas misiones. Tres tlaxcaltecas se ofrecieron guiarlos hasta San Pedro Boca de Leones, en donde lograron reunir a los indios alazapas en una misión a la que llamaron de Nuestra Señora de los Dolores. Los tlaxcaltecas sabían que los indios salían a buscar tunas en el verano y así los pudieron congregar. Hacia 1686 se establecieron los pueblos de San Miguel de la Nueva Tlaxcala y Nuestra Señora de San Juan, a orillas del Río Pesquería enfrente del Cerro del Camaján en Higueras. Esta no duró mucho tiempo. La refundaron con el nombre de San Antonio de la Nueva Tlaxcala, aún existente para 1714. 

San Miguel de Aguayo de la Nueva Tlaxcala, quedó establecido el 16 de septiembre de 1686. Ahí llegaron 30 familias procedentes de San Esteban, encabezados por Melchor de Cázares, Francisco de la Corona, Blas Gregorio y Lucas Marcos, al pie de una sierra que se conoce como de Gomas. De ahí baja un manantial conocido como San Lorenzo y un río al que llamaron Tlaxcala. A ellos les debemos los descubrimientos mineros de casi toda esa región que ahora corresponde a los municipios de Sabinas Hidalgo, Villaldama y Bustamante. Pero la congregación de San Miguel quedó muy cerca de los Alazapas. Hubo conflictos,  por eso los alazapas salieron para fundar otra misión en Las Adjuntas, Coahuila. En 1710 regresaron para recuperar sus tierras, refundando el pueblo con el nombre de San Antonio de los Alazapas que quedó luego como un barrio de Bustamante. También son de sobra conocidas las rivalidades entre Villaldama en donde sus pobladores llamados “Coyotes” conservaban con los “Tecos” (por tlaxcaltecos) de Bustamante. 

El 10 de junio de 1655 un grupo de “Hualaluises” atacaron la labor de Nicolás Vázquez allá por el rumbo de Labradores en el actual Galeana. Fueron perseguidos y atrapados por Antonio Orpinel, un vecino de Matehuala, para llevarlos a Monterrey, en donde fueron bautizados y perdonados por el entonces gobernador don Martín de Zavala.  Al cacique le pusieron Martín por su padrino y en consecuencia le conocieron como Martín Hualahuis.  Junto con los suyos, los congregaron en una misión a la que llamaron de San Cristóbal de los Hualahuises en 1689 en donde también se quedaron algunos descendientes de tlaxcaltecas.

Pero surgió un problema entre San Cristóbal y otra población criolla. En 1686 llegó procedente de Santa María Nativitas, Tlaxcala,  el militar Sebastián de Villegas y Cumplido para poblar una hacienda situada en los alrededores. Sebastián de Villegas y Cumplido hizo campañas de pacificación por el sur del Nuevo Reino. Gracias a una licencia del virrey, constituyeron el nuevo asentamiento, dentro de la jurisdicción territorial y política de Hualahuises. De acuerdo a las Leyes de Indias, no podían fundar un pueblo a menos de cinco leguas de otro. Estas equivalen más o menos a 25 kilómetros y la naciente población está a menos de dos leguas de Hualahuises. De ahí viene el viejo problema y una característica esencial entre ambos municipios. Hualahuises debió quedarse con una jurisdicción territorial de apenas 25 kilómetros por cada lado y ahora solo tiene 126 kilómetros cuadrados. Es el único municipio enclavado dentro de otro en todo México, de ahí que lo consideren  “el Vaticano de Nuevo León”.

Mediante cédula real erigieron la nueva villa a la que pusieron de San Felipe de Linares el 10 de abril de 1712, en honor a San Felipe Apóstol y al entonces virrey de la Nueva España, don Fernando Alencastre Noroña y Silva, duque de Linares. Como la fundación de la Villa de San Felipe de Linares se hizo en terrenos de Hualahuises, sus habitantes protestaron y pidieron que la nueva población se alejara a distancia legal.

Para solucionar este conflicto eligieron como juez al Lic. Francisco de Barbadillo y Victoria, del Consejo de su Majestad y Alcalde de Corte de la Real Audiencia de la Ciudad de México. Llegó a Monterrey en diciembre de 1714 para también poner en paz a los levantamientos de los naturales, que por el maltrato habían dejado las misiones por el abuso de los encomenderos y de los “señores de ganado”. En compañía de Juan Guerra Cañamar y de fray Juan de Lozada, refundaron las misiones de San Antonio de los Llanos (actual Hidalgo, Tamaulipas), las del Río Blanco (Aramberri y General Zaragoza), Labradores (Galeana), Hualahuises, Agualeguas, las de Purificación y Concepción en el Valle del Pilón y la del Pueblo de Guadalupe. Dispuso que los vecinos de San Felipe de Linares fijaran la villa en un lugar más distante. Pero los habitantes no aceptaron y se dirigieron otra vez con el virrey. El 15 de noviembre de 1715 se les permitió quedarse en el lugar donde habían erigido la villa. Pensaron que con la misión de los Hualahuises tan cercana, Linares se protegía mejor de las incursiones de los llamados indios bárbaros. Para 1794 tenía a 349 indios y solo se hallaron 41 tlaxcaltecas registrados.



El abogado Francisco de Barbadillo expropió tierras a los hacendados, las más aptas para el cultivo, ricas en aguas, situadas en valles y cercanas a los centros poblacionales más importantes como el Valle del Pilón y Monterrey. Casi todas las misiones tuvieron advocaciones marianas, como Concepción, en el actual Escobedo y Purificación llamada Gil de Leyva en Montemorelos. Promovió la migración de familias oriundas de Saltillo y San Luis Potosí. De San Esteban salieron 33 familias que se asentaron en el pueblo de Guadalupe a partir de 1715. Para 1740 Guadalupe tenía 23 familias tlaxcaltecas, 27 en Concepción y 29 en Purificación. En 1756 todos los tlaxcaltecas fueron concentrados en el pueblo de Guadalupe al oriente de Monterrey. Otra vez, algunos vecinos de Monterrey alzaron la voz reclamando que estaban muy cerca de sus tierras, que había lugares más lejanos en donde se pudieran asentar y que dicha acción era inútil pues había cerca de mil indios todos mezclados. (continuará)

domingo, 7 de enero de 2018

La plaza Zaragoza de mi lindo Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/


Diego de Montemayor eligió como asiento de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, a un paraje situado entre los manantiales y arroyos que integraban el Santa Lucía en 1596, más o menos donde ahora está el templo del Sagrado Corazón de Jesús, entre 5 y 15 de Mayo, Zaragoza y Escobedo. En 1611 la ciudad (la imagino más bien como un campamento de jacales y chozas), fue arrasada por una inundación. El fundador murió en abril de ese año, por lo que don Diego Rodríguez el Justicia Mayor, trasladó a la población hacia un lugar más seguro; unos terrenos delimitados al norte por los ojos de agua y al sur por el río Santa Catarina. Fue cuando trazaron un centro para la nueva población, conocida como la Plaza de Armas, porque en ella pasaban revista de armas a los vecinos cada 25 de julio y 25 de noviembre, en los días dedicados al apóstol Santiago y a la virgen y mártir de Santa Catarina de Alejandría.


Para mediados del siglo XIX, la plaza era propiamente una explanada. Donde ahora está el casino, había un mesón y en sus alrededores unas construcciones que servían como negocios o casas habitación. De ahí que las autoridades municipales como del estado se preocuparon por embellecer el corazón cívico y político de Monterrey: nivelaron el terreno, colocaron bancas de sillares, jardines con árboles, andadores y se mandó hacer una fuente que inauguró el entonces gobernador Santiago Vidaurri el 2 de febrero de 1864. Durante la ceremonia guardaron en una caja de mármol, algunos documentos relevantes como una copia del acta de fundación de Monterrey, la Constitución de 1857, un retrato de Vidaurri y otras cosas más que luego dejaron en un sitio bajo tierra. La llamada fuente de los delfines se hizo con mármol extraído del cerro de las Mitras, fue iniciada por Juan Raimundo Lozes y terminada por el escultor de origen italiano Mateo Matei.  Estuvo ahí hasta 1894 cuando fue trasladada a la plaza de la Purísima.


El 5 de mayo de 1864, a la plaza se le  impuso el nombre de Ignacio Zaragoza, para celebrar el segundo aniversario de la heroica batalla de Puebla, siendo gobernador y comandante militar de Nuevo León Jesús María Benítez. Como testigo de honor, estuvo Benito Juárez acompañado por su gabinete. Dicen que fue una forma de venganza política contra Vidaurri, que no tenía una relación cordial con Zaragoza al no quedarse a sus órdenes. Tres años después, la plaza Zaragoza fue convertida en un jardín con bancas de sillar de acuerdo a los lineamientos del imperio. El alumbrado dependía de lámparas de petróleo y la fuente de los delfines engalanaba todo el conjunto. Para 1874,  los jardines de la plaza estaban mejor trazados y en ellos ya estaban plantados algunos árboles.

Para el Monterrey de antaño, la plaza Zaragoza era la típica de pueblo, con aires románticos y nostálgicos para quienes acudieron a ella durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX. Había serenatas en un  kiosco metálico instalado en el centro. Las personas salían a descansar y tomar el fresco durante los veranos calurosos. Los jóvenes y señoritas daban la vuelta en sentido contrario con la intención de verse y luego conocerse. Durante muchos años, el reloj de la catedral marcaba visualmente el tiempo de la ciudad y la fundidora con su silbato, anunciaba los turnos para iniciar el día y retirarse a descansar. De acuerdo a testimonios de la época, a principios del siglo XX, la plaza estaba repleta de árboles y bancas metálicas. Al sur de la plaza Zaragoza había una serie de edificios antiguos, que fueron destruidos para hacer una ampliación en tiempos de la gubernatura de Ignacio Morones Prieto entre 1949 y 1952. En 1933 construyeron el Círculo Mercantil Mutualista de Monterrey en la esquina de Ocampo y Zaragoza. Siendo alcalde Rafael González Montemayor, (1958-1960) la plaza Zaragoza se amplió hasta Constitución. 

Para conmemorar el centenario de la batalla de Puebla, el 5 de mayo de 1962 colocaron una escultura en honor de Ignacio Zaragoza, obra del reconocido escultor Ignacio Asúnsolo. En 1971 se hicieron obras de embellecimiento y encontraron la urna que habían dejado desde tiempos de Vidaurri. Siendo alcalde Leopoldo González Sáenz entre 1974 y 1976,  se tomó la decisión de construir una nueva sede para el gobierno municipal, con un palacio al que llamaron de cristal por la abundancia de éstos en sus ventanas. Fue cuando la plaza Zaragoza quedó rodeada al sur con el nuevo palacio, al norte con la calle de Corregidora, al este con la catedral y al oeste con el condominio Acero, mientras que al antiguo palacio lo convirtieron en oficinas para asuntos legales.


En 1981 comenzaron los trabajos de la llamada Gran Plaza, la cual comprende una superficie de 40 hectáreas, limitada al norte por la calle de Washington y al sur por la avenida Constitución. En esa extensión quedaron los dos palacios: al sur el municipal de Monterrey y al norte el gobierno del estado y el edificio de correos, junto con las dos plazas, la Zaragoza y la ahora llamada explanada de los Héroes. A lo largo de 400 años, la plaza Zaragoza ha sido testigo de la llegada de gobernadores y alcaldes. Aquí juró la independencia Mariano Jiménez en enero de 1811. En junio de 1813 los insurgentes la asaltaron y en septiembre de 1846 los norteamericanos se apoderaron de ella. Cuatro siglos de ser el corazón de Monterrey y de Nuevo León. Pero sobre todo, por la plaza Zaragoza, los domingos se pasean las muchachas más hermosas de mi lindo Monterrey.

lunes, 1 de enero de 2018

La vieja la calle del Aguacate de Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/

El 6 de abril de 1895, se dispuso que las calles de los pueblos, ciudades y congregaciones llevaran el nombre de los principales héroes, lo mismo que las fechas y etapas relevantes en la historia de la nación como la Independencia, la Reforma, la Libertad, Patria o República. Si antes se conocían por algún hecho importante, la vecindad de cierto personaje, negocio e institución; la ubicación de un árbol, piedra, edificio público, casa o paraje; ahora honrarían la memoria de los insignes insurgentes, brillantes jurisconsultos, maestros, ex presidentes, legisladores y prohombres que se distinguieron por algún servicio relevante a la Patria. Las fechas a considerar, fueron las que dan sentido al nacionalismo histórico como el 16 de Septiembre, 5 de Mayo, 2 de Abril entre otras más.


En el antiguo trazo urbano de Monterrey, había una calle conocida como Colegio de Niñas que se convirtió en Abasolo. La Principal o la del Comercio en Morelos. La Calle Real o de San Francisco en Ocampo. La del Sol o Santo Domingo en Mina, la del 25 de Mayo en Matamoros, de la Aduana Vieja o de la Serpiente en Padre Mier, la del Ángel (1847) y luego del Teatro quedó en Mariano Escobedo, la de la Presa Chica en Juan Ignacio Ramón, la del Puente de la Purísima o de la Presa Grande en Diego de Montemayor. Zaragoza se conocía como del Seminario o del Ojo de Agua, la del Puente Nuevo o del Obispado se convirtió en Zuazua, mientras que la de Doctor Coss era nombrada como de Santa Rita o del Puente.

Si vemos un plano de la ciudad, nos daríamos cuenta que por el rumbo existían unos cuatro manantiales que corrían de dirección poniente a oriente. Uno venía desde dónde ahora está el Obelisco, otro conocido como el Ojo de Agua Grande y otros dos arroyos que formaban el Santa Lucía. Por cierto, a unos “800 pasos” al norte estaban las tierras de la Virgen, que el fundador dejó para la patrona de Monterrey; para que son sus rentas se hicieran mejoras a su templo. Había muy buenas arboledas que dieron origen a un paraje de La Alameda. Pero al urbanizarlos le dieron por nombre 15 de Mayo en lugar de la Calle de la Alameda, 5 de Mayo (segunda de la Alameda) y Juan Ignacio Ramón. En la banda sur del riachuelo, había una arteria a la que decían del Aguacate o del Ojo de Agua, que iba en paralelo al canalón que ahora corresponde a la calle de Juan Ignacio Ramón.


Dicen que le llamaban así por la existencia de un grande y frondoso árbol, muy famoso por la cantidad y agradable sabor de los frutos que daba en el verano. En ese sitio ocurrió un hecho  heroico durante el “Sitio de Monterrey” en septiembre de 1846, cuando un joven trepó por el frondoso aguacate. Se resguardó en una de sus gruesas ramas, disparándole a cuanto soldado norteamericano tenía a su alcance, hasta que fue capturado y pasado por las armas. La hazaña considerada digna de recordar, hizo que  las autoridades buscaran el nombre del valiente militar, pero no dieron con la identidad de aquel paladín que defendió a la ciudad desde una singular trinchera. Entonces decidieron ponerle  “Del Aguacate”, en honor a aquel árbol que le ayudó a ese héroe anónimo que hizo lo propio contra la presencia de los soldados y voluntarios extranjeros. Don Carlos Pérez Maldonado identificaba el sitio allá por el rumbo de las actuales calles de Naranjo, Gómez Farías, Matamoros y Allende.

No toda la calle recibía el nombre del Aguacate, a un tramo de la misma vía correspondiente entre la calle del Ángel y del Seminario (actuales Escobedo y Zaragoza), en 1854 le pusieron “Sexta Calle del General Ampudia”, en honor al militar que procuró salvaguardar a la ciudad y luego la capitulación de Monterrey en septiembre de 1846; además logró atrapar al célebre Agapito Treviño, famoso bandido apodado “El Caballo Blanco” ya siendo gobernador.

Precisamente en la calle del Aguacate en su cruce con la del Seminario, estaba el Ojo de Agua Grande, en donde se instalaron las albercas Monterrey en 1891. Más al poniente, cerca de la del Roble (hoy calle Juárez), se podían ver una serie de casuchas conocidos con el título de “cuartos del diablo”, porque de acuerdo a don Pepe Saldaña, eran habitados por gente de no muy limpios antecedentes ni de muy digno modo de vivir.


Vivir cerca del barrio del Aguacate representaba riesgos de inundaciones como de piquetes de mosquitos que había por los alrededores. Al norte estaba el cauce más grande de los arroyos del Santa Lucía. En 1828 un vecino llamado Juan Nepomuceno Martínez, levantó su casa por el lugar, pero se quejaba de las lluvias y de los desbordamientos del cauce; se formaban pantanos que dañaban a las fincas de quienes vivían cerca. Por lo mismo decidieron ampliarla en 1853, resultando afectada la familia del político y abogado Francisco de Paula Morales un año después de su muerte. Otro afectado por los arreglos en la calle de Puente Nuevo (hoy Zuazua) fue Francisco García del Corral, ya que al haber levantado mucho el centro de dicha calle y haber cargado por un solo lado el agua que antes corría por la calle del Aguacate, su terreno se inundó el 4 de julio de 1869. 

En 1866 se presentaron epidemias, fiebres y enfermedades intestinales. Fue cuando el Dr. José Eleuterio González como vicepresidente del Consejo Superior de Salubridad, advirtió de cuatro causas que alteraban la salud pública: el degolladero (rastro) situado a una cuadra de la Catedral, para lo cual propuso el traslado a un lugar más retirado. La presencia de perros muertos en las calles, que deberían ser enterrados o incinerados. Había una atarjea (acueducto) que pasaba por en medio de la calle del Comercio hasta el río Santa Catarina. Recomendaban cegarla o limpiarla para evitar la presencia de zancudos y el arroyo de Santa Lucía, que atravesaba de poniente a oriente el poblado y formaba pantanos que de acuerdo a Gonzalitos: “deberían desecarse para evitar que la población sufriera las calenturas intermitentes”.


Los arroyos no desaparecieron, pero si decidieron canalizarlos para tener más control de los males. Encargaron el trabajo a Antonio Salazar que trabajó entre 1867 y 1887. Ya en tiempos de Bernardo Reyes le pidieron al ingeniero militar Miguel Mayora que construyera un puente al que llamaron Juárez, que fue inaugurado apenas un año antes.  Entonces, del lado sur del Canalón se formó Juan Ignacio Ramón y al lado norte, el Aguacate se convirtió en Allende. Los dos cauces llegaban a la Presa Grande, al oriente del puente de la Purísima, hoy Diego de Montemayor. Más abajo, salían las acequias con las cuales regaban unas labores conocidas como Nuevas (por Fundidora), propiedad del Ayuntamiento y otra que cruzaba el río Santa Catarina para regar los campos de cultivo del pueblo de Guadalupe.


Todo ese lugar tan emblemático como hermoso desapareció. Dicen que por eso ahí se fundó la ciudad por la belleza y cantidad de agua existente. Ahí crecían árboles frondosos, se podían pescar desde truchas, robalos, bagres dorados, mojarras, anguilas y camarón. En 1930 cerraron los ductos y encima de ellos construyeron y pudieron ampliar las calles. Las aguas que daban vida a El Ancón, Guadalupe y Los Lermas fueron desafectadas en 1971. Luego con la gran plaza destruyeron todo vestigio de la historia urbana de Monterrey, propia de los siglos XVII, XVIII y XIX. Pero el agua aún está ahí, en el subsuelo del centro de Monterrey: “morir de sed habiendo tanta agua”…

domingo, 24 de diciembre de 2017

De muertes y balazos rumbo a la Cuesta de los Muertos

Antonio Guerrero Aguilar/

Sin el afán de participar en ámbitos de la información que los medios, continuamente nos hacen llegar, tampoco quiero entrar al ámbito de las noticias amarillistas y tremendas que a fuerza de tanto escuchar y estamos expuestos, provocan un rechazo, hastío o incluso una actitud conformista ante los hechos que vivimos y padecemos en la actualidad. Más bien, haciendo una revisión hacia el pasado, quiero platicarles lo siguiente: el 12 de junio de 1830, el alcalde de Santa Catarina Teodoro García, escribió una carta a Joaquín García, quien ocupaba el cargo de gobernador de Nuevo León. Le hizo saber el hallazgo del cuerpo de una mujer completamente mutilado en el camino que va de Monterrey a Saltillo.


La noticia causó conmoción y sorpresa en la región, en especial a lugares como Monterrey, San Pedro, Santa Catarina, Pesquería Grande y Rinconada. Todo comenzó cuando Joaquín Mireles, vecino de Santa Catarina, acudió con un regidor del ayuntamiento para decirle que vio el cadáver de una mujer desnuda y sin cabeza, con múltiples heridas causadas por un arma blanca. El sitio del crimen era un lugar llamado Charco Verde, cercano a una casa que tenía el denunciante y de un jacal propiedad de Julio Morales. El regidor del cabildo de Santa Catarina acudió acompañado por dos vecinos para dar fe del asesinato. Entonces vieron “el espectáculo más lastimoso que en otros tiempos se ha visto, habiendo seguido el mismo regidor la huella de sangre hasta a distancia de diez pasos, donde estaba cubierta la cabeza de la difunta y tapada con unas lechuguillas, la cual regresó y en unión del cuerpo lo trasladaron a la cárcel de este pueblo donde se ha tenido públicamente para ver si se conoce persona de las que paran a verlo”.

No sabían la identidad de la mujer ni mucho menos quién le había quitado la vida. Mandaron correos a Saltillo, Rinconada y otros pueblos de la región avisando del macabro suceso. Para dar con el sospechoso, dieron la orden de que diez miembros de la milicia cívica de Santa Catarina recorrieran todo el camino, explorando bosques y mogotes existentes entre Santa Catarina y Rinconada, acompañados con uno de los testigos que vieron un día antes a la muerta en el Charco Verde. Por la forma en que ocurrió el asesinato, el gobernador consideró a “este crimen tan horrendo que la misma naturaleza se estremece al oírlo” y en consecuencia ordenó las averiguaciones correspondientes para ubicar al asesino lo más pronto posible. Hasta ahí la información de una carta que se puede ubicar en el Archivo Municipal de Monterrey, en la colección correspondencia, vol. 26, expediente 36. Desconozco si alguna vez dieron con el paradero de quienes arrebataron la vida a esa mujer, en un punto al que ubico posiblemente entre Santa Catarina y el Sesteo de las Aves.

Lamentablemente siempre nos llegan las noticias acerca de la existencia de cuerpos heridos, abandonados o ya sin vida a lo largo del trayecto de Santa Catarina a Ramos Arizpe, Coahuila. El 6 de septiembre de 1863 llegó una brigada al mando del general Julián Quiroga. Con ella venían cuatro mujeres que fueron heridas en el rancho de Carvajal, por lo que mandaron traer a Juan Saldívar que sabía algo de medicina; pero ante la gravedad del asunto prefirió no intervenir y solicitó su traslado hasta Monterrey. Algunos testigos residentes en la Cuesta de Carvajal, dijeron que las cuatro damas venían atrás de la tropa. El alcalde Mariano Rangel hizo las averiguaciones pero los soldados no quisieron hablar. Unos dijeron que solamente oyeron disparos que les provocaron daños a las mujeres.

Una de ellas estaba embarazada y tenía una herida por la espalda, otra tenía el orificio de bala arriba de la cintura. En el interrogatorio dijeron que venían a la retaguardia de la tropa; una seguía a su esposo y la otra al hijo que habían sido muertos en una acción en Puebla. Se sumaron al contingente para regresar a la Villa de Santiago de donde decían ser originarias y procurar el pago por sus servicios. Para mantenerse preparaban las comidas como “vivanderas”.

Cuando arribaron a Monterrey, las llevaron al hospital para ser curadas. Quiroga aceptó la culpa, que les disparó solo para asustarlas pero que no les hizo daño. Ya las había regañado de que no quería verlas entre su gente. Una tenía por nombre Cayetana Lara, originaria de Tepeji del Río, la otra se llamaba María Juana Lugo, originaria de México, sobrina de una de las heridas, quienes formaban parte de un grupo de mujeres que estaban juntas en la mañana cuando fueron a dispararles. Afortunadamente el doctor Gonzalitos sanó sus heridas y finalmente dio la parte de que los daños sufridos no eran de riesgo.


Como se advierte, la historia es cíclica y continuamente vemos como los acontecimientos tienden a repetirse. Lo cierto es que ahora se debe viajar con cuidado y protección.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Los jinetes de la Acordada

Antonio Guerrero Aguilar/

La palabra “acordada” nos refiere a diversos conceptos. Puede ser una orden que dirige un despacho para que un subalterno la ejecute. Un documento que manda una oficina pública administrativa para comprobar certificaciones. Un acuerdo al que llegan dos individuos de una manera armoniosa, pero también nos remite a un tribunal medieval llamado de la Santa Hermandad que también funcionó en la Nueva España entre los siglos XVII y XVIII. Con esa fuerza pública, corregían y castigaban los crímenes en un territorio tan extenso como poco poblado. Especialmente de robos y el bandolerismo imperante en los considerados “caminos reales”, siempre intransitables por sus malas condiciones. Cuando los atrapaban, los gobernadores, alcaldes y regidores a veces no aplicaban la ley como era requerido. Como los jueces no tenían en donde encarcelarlos ni recursos para enviarlos a un penal, los dejaban en libertad.

Para terminar con los males, el virrey dispuso que se poblaran los sitios en donde los malandros tenían sus guaridas. Prohibieron a los indios y a las castas que portaran armas, pusieron a trabajar a los ociosos, establecieron los toques de queda, formaron guardias para que hicieran rondas nocturnas entre otras medidas. La Santa Hermandad, como también se le conocía al “Real Tribunal de la Acordada” comenzó el año de 1719, aunque tenemos referencias de que se habían fundado, una en 1543 y otra en 1603.

Los miembros de la Santa Hermandad se dedicaron a combatir el pillaje, detectaban a los vagos, los ponían a trabajar o mandaban a vivir en pueblos alejados. Tenían la consigna de aplicar la ley en donde los hallaran. Eran como un tribunal ambulante que formulaba juicios sumarios y ejercían la pena capital como castigo. Si no merecía la muerte, lo mandaban a un centro penitenciario en la Ciudad de México que se llamaba precisamente como “Cárcel de la Acordada”.  Los índices de criminalidad no bajaron y en consecuencia llegaron a prohibir los juegos de azar y bebidas alcohólicas, considerados como perjudiciales para la salud pública. Pobre de aquel que producía y tomaban pulque amarillo, tepache, guarapo, mistelas y aguardientes. Los vicios eran el origen del pecado y de los delitos. Pero no solamente ajusticiaban a las personas quitándole la vida, específicamente por medio de la horca en la rama de un árbol. Eran azotados, desterrados a presidios para que pelearan contra los llamados indios bárbaros o sometidos a pesadas labores.

La Santa Hermandad o “Acordada” desapareció en 1813 durante la guerra insurgente. Los guardias volvieron a aparecer gracias a un decreto del presidente Benito Juárez el 5 de mayo de 1861. Crearon cuatro cuerpos de una policía montada rural con 800 elementos, con el objetivo de cuidar las rutas comerciales, además de prevenir y aplicar justicia en los caminos que llegaban a la Ciudad de México. Eran tiempos donde consideraban que el resto de la nación era rural, agrícola, agreste, que padecía diversos problemas de inseguridad. Entonces a la nueva policía rural le llamaron de la “Acordada”, seguramente para compararla con la otra. Solamente se consideraban como “grandes ciudades” como la de México, Puebla, Guadalajara, Zacatecas, Guanajuato entre otras más, eran que pertenecían al México urbano.

Debido a la intervención francesa y al imperio de Maximiliano, los rurales debieron participar como grupos de guerrillas contra los militares extranjeros. Cuando don Porfirio llegó a la presidencia en 1876, reactivó a esa fuerza para aplacar al México “bárbaro”. Pronto se convirtieron en la sección predilecta del general Díaz, representaban la fuerza del señor presidente en los lugares más recónditos y alejados de la capital.  Es más, sirvieron como contrapeso con el ejército federal. Eran otros tiempos pero los problemas más o menos seguían siendo los mismos. Había muchos vagos dedicados a las actividades ilícitas. Las condiciones socioeconómicas lo ameritaban, pocos empleos y para rematar mal pagados. Por eso debían de resarcir o hacerse de otros recursos aunque fueran a la mala. A los gobiernos liberales les urgía dar una imagen de modernidad y de pacificación efectiva del México rural. Muchos viajeros como intelectuales vieron éstas prácticas como parte y origen del “México Bárbaro”, porque se dedicaron a perseguir y castigar a los ladrones que merodeaban los pocos caminos existentes.

Por su vestimenta y porte los vieron como el símbolo creciente del nacionalismo mexicano. Vestidos con traje de charro, sombrero de ala ancha, bolero, pantalones de cuero con botonadura de plata a los lados. Llegaron a contarse unos 3 mil efectivos que dependían de un inspector general a las órdenes directas del Ministro de Relaciones Interiores. Eran en su mayoría campesinos, artesanos y carpinteros, diestros en el uso de armas y en el buen montar. Corría el rumor de que eran bandoleros que habían sacado de la prisión para servir al régimen. Les solicitaban que fueran mayores de 20 años y menores de 50. Servían por espacio de tres años.

Decían que se hacían rurales para conseguir uniforme, montura y armas para luego convertirse en desertores. Que eran muy rebeldes, valientes, dados al juego y a la bebida. Ganaban poco, casi no cumplían con las órdenes, imponían su voluntad, se mostraban abusivos y afrentosos. Vivían en destacamentos de tres  a quince hombres. Para controlarlos, muchas veces exigieron que fueran encuartelados a las 6 de la tarde. A veces se iban de los pueblos dejando deudas en los negocios. Otras veces se controlaban los comercios del lugar. Casi no estuvieron en las zonas fronterizas, hasta la última etapa del porfiriato en que fueron enviados a Chihuahua para apaciguar los ánimos de los enemigos del señor presidente. Hubo en Monterrey un destacamento de ellos, que se dedicaban al resguardo de la ruta del tren de Laredo hasta la capital del Estado.

Rara vez apoyaron a las autoridades civiles de los estados como de los municipios en los que radicaban. Pero a veces se ponían a sus órdenes para ejecutar venganzas políticas. Para otros no fueron tan corruptos que se piensa. Al señor presidente, lo único que le importaba de ellos es su lealtad probada. Podían divertirse, quedarse donde fuera siempre y cuando se dedicaran a cuidar las vías del tren como los caminos que convergían a las principales ciudades del centro del país. En muchas regiones los vieron con temor y repulsa, pero eran muy admirados en la Ciudad de México. La prensa los exaltaba como los principales artífices de la pacificación del México bronco. Incluso se les comparó con los Rangers de Texas y los Estados Unidos cuando ocuparon Cuba en 1898, impusieron un sistema similar.

Ya con la Revolución mexicana, se dedicaron a respaldar al dictador hasta su partida. Madero los mantuvo. Para unos historiadores fue su principal error. Victoriano Huerta los quiso reformar pero no le alcanzó el tiempo, hasta que don Venustiano los desapareció en 1914. Muchos se metieron al ejército suriano de Zapata, otros a la División del Norte de Villa y no faltó quien se hiciera parte del ejército constitucionalista.


En algunas regiones sobrevivieron como cuerpos de defensa civil hasta 1947. Los conocemos más bien por su mala fama. En algunos corridos en donde se les acusa por lo despiadado con que trataban a sus víctimas, aplicando la ley fuga, les ponían una soga al cuello, los arrastraban para luego morir en ahorcados. Manuel Payno los deja mal parados en Los Bandidos de Río Frío, seguramente porque se dedicaban a reprender los movimientos disidentes, que servían a dos amos.  Para muchos, no eran respetuosos de la sociedad civil, que su estructura perdura en la policía federal. Al fin de cuentas, un cuerpo policiaco que sirvió bien a los intereses políticos de la época, que llegan a nuestro tiempo como una leyenda negra de nuestro México.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Los matachines guadalupanos

Antonio Guerrero Aguilar/

Las fiestas y procesiones en honor a la Guadalupana, comienzan a mediados de noviembre en la zona conurbada a la ciudad de Monterrey. En las llamadas peregrinaciones participan muchos contingentes de fieles devotos, que acuden hasta la basílica para pedir por la intercesión de la virgen o agradecerle un favor recibido. Las manifestaciones religiosas llevan regularmente un estandarte guadalupano y a los típicos danzantes conocidos como matachines. Según los diccionarios, matachín es quien le gusta pelear, el que mata reses o incluso el que se mete con mujeres ajenas o las roba.

Los matachines eran muy famosos en las cortes europeas del medioevo, donde presentaban las actuaciones de los llamados “mattachinsen” como les llamaban en Francia, los “matacinio” en Italia y los “moriskentänzeren” en Alemania. Matachín es una palabra cuya etimología procede de la palabra árabe “mudawajjihen”, usada para designar a los que se ponen cara a cara o los que se ponen una máscara, ya sea para bailar o hacer alguna representación. Las descripciones de aquella época presentan a los matachines como bufones que actuaban en los entremeses cortesanos, que bailaban en círculo, dando saltos y simulando combates con espadas, se ponían cascos y cascabeles, siguiendo el ritmo marcado por una flauta.

En España se hicieron famosas las danzas de matachines, conocidas como las “Danzas de Conquistao de “Moros y Cristianos”, para honrar la victoria de los reinos de Castilla y León sobre los islámicos que mantenían el control de casi la mitad de la península ibérica. Esa costumbre fue traída a México por los misioneros, quienes los usaron como un recurso didáctico para reforzar sus tareas evangelizadoras, al darse cuenta del gran apego que los indígenas tenían hacia la danza, el canto y la música.

Después los indígenas le añadieron elementos propios y característicos a los bailes como al acompañamiento musical. Tuvieron tanto éxito que las autoridades virreinales en un momento dado, prohibieron su ejecución en el interior o en los atrios de los templos, por temor a que se rebelaran; además consideraban paganas a esas manifestaciones. Esto favoreció aún más el sincretismo religioso, con la adición de nuevos elementos pertenecientes a la cultura de los pueblos originarios. Los elementos que integran la danza, también sufrieron transformaciones para adaptarse a los gustos y motivos más celebrados por los indígenas. Por ejemplo, tenían la costumbre de entrar a sus zonas ceremoniales dando saltitos. Todavía en Chalma, Estado de México, los penitentes entran bailando. De ahí viene el refrán: “Ni yendo a bailar a Chalma”. Como los españoles los llevaban a la fuerza, el viejo de la danza representa al encomendero que los amenazaba continuamente con su látigo.

La danza de los matachines que vemos en muchos sitios del noreste mexicano, llegaron del centro del país, posiblemente con los tlaxcaltecas, otomíes o nahuatlatos. A decir verdad, con los matachines se fusiona la cultura europea propia del medioevo con la prehispánica, de ahí la necesidad de preservar y difundir esta expresión de cultura popular.  Pero los matachines también bailan en honor a los patrones de nuestros pueblos. Confeccionan su vestimenta hecha con tela de colores vivos, a manera de faldas en las que ponen cartón, jarilla y carrizo. Portan huaraches en cuyas suelas llevan trozos de metal o cuero para que hagan ruido al caminar. Cada matachín debe comprar su vestimenta y demás objetos concernientes al uso del ritual. Igualmente portan en la mano derecha una sonaja que agitan constantemente, mientras que en la izquierda, a veces llevan una palmilla (especie de abanico que también puede adquirir la forma de un tridente), a la que se le cuelgan listones de colores y flores de tela o plástico.

Los grupos de matachines tienen una sólida estructura jerárquica. Cuentan con organizadores de quienes convocan a los participantes y los dirigen. Los líderes tienen el poder para amonestar a los miembros del grupo que no se ajustan a las reglas. El viejo de la danza tiene la facultad de indicar ciertos cambios en los pasos coreográficos con unos gritos. Otros dirigentes del grupo bailan con los matachines conduciendo las evoluciones, fungen como maestros de los reclutas nuevos e inexpertos, y gozan también de un gran prestigio en la comunidad. El número de miembros de un grupo de matachines varía mucho, en buena medida depende del poder de convocatoria de los organizadores.

Los instrumentos para ejecutar la música que acompaña a esta danza son el violín y la tambora. El número de músicos ejecutantes tampoco es fijo. Con el violín llevan las partes melódicas, en tanto que la tambora lleva el ritmo. A veces dan la impresión de que están llamando a una revuelta, como lo tocan allá en Sierra Mojada, Coahuila o Concepción del Oro, Zacatecas. Mientras que el sonido de las sonajas, constituye otra base rítmica que les ayuda a marcar mejor los pasos.


Una vez un cronista de la localidad me decía que seguramente esas percusiones eran de procedencia guerrera propia de los llamados indios chichimeca. Posiblemente, debemos respetar y apreciar su esfuerzo, es pesado recorrer grandes distancias y permanecer de pie o a la expectativa de cuando comenzar una danza. Yo los veo como aquellos que nos anuncian el fervor y al cariño a la virgen morena del Tepeyac. 

domingo, 3 de diciembre de 2017

El cura de Nuevo León que no llegó a Cádiz

Antonio Guerrero Aguilar/

En el informe de Simón de Herrera y Leyva del 27 de julio de 1801 al Intendente de las Provincias de Oriente en San Luis Potosí, señala la existencia de sólo dos ayuntamientos, el de Monterrey y el de Linares. Los de Cadereyta y Cerralvo desaparecieron temporalmente, seguramente por problemas económicos.  Monterrey por ejemplo, no tenía los 12 regidores de ley “por no ser de utilidad alguna, ni tener la ciudad fondos de dónde se les asignara sueldo. Sólo tiene dos plazas, que son la de alférez real y alguacil mayor, habilitadas en forma y con títulos por Su Majestad.”  


Para 1803, el Nuevo Reino de León contaba con apenas 43, 739 habitantes.  De los cuales, mil se dedicaban a la minería, 520 a la arriería, 200 a la carretería, 200 a la agricultura, 3, 084 eran pastores y 210 servían en diversos ramos de la industria. Las autoridades reconocían la potencialidad de muchos ramos de  industria que podrían establecerse, pero por falta de dinero y por los pocos sujetos pudientes que hay, todo se queda sin efecto. Indudablemente que la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey era un pueblo pobre y pequeño, en comparación con otras ciudades del virreinato tan importantes como la ciudad de México, Guadalajara, Puebla, Zacatecas o el mismo Saltillo que comenzaba a repuntar. Ciertamente la región prometía algo, prueba de ello es el establecimiento de la diócesis del Nuevo Reino de León en 1777, cuyo obispo titular era  Primo Feliciano Marín de Porras quien estuvo entre 1803 y 1815.

En 1808, las tropas napoleónicas invadieron la península ibérica, sometiendo a los monarcas españoles como portugueses. Como una forma de rechazo a la imposición de las nuevas autoridades, convocaron a una junta legislativa, cuyos trabajos iniciaron el 24 de septiembre de 1810 en San Fernando, para después trasladarse a Cádiz en donde promulgaron una constitución el 19 de marzo de 1812. Las Cortes de Cádiz conformaron un cuerpo legislativo de carácter liberal, capaz de proponer un nuevo orden social en la España de Carlos IV y Fernando VII. Para integrarla fueron convocados representantes de todas las colonias, provincias y virreinatos. Siempre se ha difundido el papel preponderante de don Miguel Ramos Arizpe, quien acudió en representación de la provincia de Coahuila o Nueva Extremadura. Por lo tanto se le reconoce como toda una figura de talla regional y nacional por los aportes que realizó. De pronto surge la interrogante: ¿quién acudió por el Nuevo Reino de León? Tenemos referencias de que hubo un decreto del 14 de febrero de 1810, convocando la selección de un diputado representante a las Cortes de Cádiz.

El cabildo de la ciudad de Monterrey eligió el 19 de junio de 1810 al padre Juan José de la Garza y de la Garza como diputado por el Nuevo Reino de León. Es poco lo que se sabe del sacerdote. La información existente se la debemos al padre José Antonio Portillo, quien lo hace  párroco en San Gregorio de Cerralvo entre 1784 y 1788. Cura interino y juez eclesiástico del Valle del Guajuco entre marzo de 1793 hasta septiembre de 1796. En éste año recibió el título de maestro de teología escolástica en el Seminario de Monterrey. Luego lo vemos como  teniente de cura de Monterrey entre 1799 y 1800, finalmente cura de la parroquia de Monterrey en 1800, notario revisor en 1805, licenciado (1802) y doctor en teología por la Universidad de Guadalajara, canónigo doctoral del cabildo de la catedral en 1807 y finalmente diputado a las Cortes de Cádiz entre 1811 y 1812.

No se sabe el lugar de nacimiento. Ni los nombres de la terna que conformó para su elección y la fecha de la misma. Incluso hasta su nombre no aparece como legislador en las Cortes. Me dice Sergio Reséndiz Boone, historiador de Coahuila que su nombre se diluye en el tiempo, pues muchos de los representantes por alguna circunstancia no alcanzaron a llegar a cumplir con su encargo. Efectivamente, en septiembre de 1810 se desató una epidemia de fiebre amarilla que afectó a 60 diputados y provocó la muerte de 15 de ellos, entre los que figura el representante de Sinaloa y Sonora.

A principios del siglo XIX, el Nuevo Reino de León contaba solo con una ciudad, la de Monterrey, varias  villas con sus respectivos cabildos, Cerralvo, Cadereyta, Linares, San Miguel de Aguayo, Guadalupe, Hualahuises y Marín. Gracias a las leyes de Cádiz, se estableció que los pueblos con más de mil habitantes, pudieran constituirse en municipios gobernados por un alcalde y su respectivo cabildo. Aprovechando la coyuntura, Agualeguas, Boca de Leones (Villaldama), Lampazos, Santiago del Guajuco, Vallecillo, Salinas, Sabinas, China, Pueblito o Cañón de Guadalupe (Hidalgo), Santa Catarina, Pilón (Montemorelos), Mota (General Terán), Pesquería Grande (García) y Río Blanco (Aramberri) solicitaron su deseo de conformar su cabildo y ser consideradas villas. Igualmente, se abrió la posibilidad para la creación de diputaciones provinciales, base de la conformación de los estados.



Independientemente de su obra y las repercusiones que tuvo en comparación con otros constituyentes de Cádiz, debemos recuperar y honrar la figura del padre Juan José de la Garza, el representante nuevoleonés que partió rumbo a Cádiz.

Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.