domingo, 24 de septiembre de 2017

Hablemos de la paz

Antonio Guerrero Aguilar/

Nos hablan tanto de la paz como de su contraparte la guerra. Inmediatamente la representamos con una paloma blanca. Pero casi no profundizamos en torno a lo que es la paz, del compromiso y la necesidad de trabajar por ella, aunque nadie niegue la importancia y la responsabilidad que todos tenemos para construirla en un mundo cada vez más expuesto a las amenazas de la guerra; de la violencia e inseguridad cada vez más generalizada y de sus fatales consecuencias. Estos apuntes tienen la intención de procurar una conciencia personal como comunitaria para la construirla, en cuanto preocupación social que nos compete a todos.

Cicerón identifica a la paz como una tranquila libertad (Pax est tranquilla libertas). Hobbes considera a la paz como el cese del estado de guerra o de un conflicto universal entre los hombres y por lo tanto, depende de una ley fundamental de la naturaleza. Kant no estaba de acuerdo respecto a la paz como asunto de la naturaleza, ante todo debe ser instituida y prueba de ello es que la falta de hostilidad no significa necesariamente una seguridad. Lo cierto es que la verdadera paz se asienta en la confianza recíproca. Comprende un equilibrio y la estabilidad de las partes de una unidad; así como también la falta de inquietud, violencia o guerra. Para otros, la paz se define como el ordenamiento justo de las relaciones económicas y sociales, cuyo propósito es anular la brecha de la desigualdad existente, capaz de suprimir los mecanismos que provocan esa división.

Durante un ejercicio pedagógico, me preguntaban unos alumnos como podíamos vivir en paz: les dije que primero mediante un saludo. Los hebreos saludan siempre con el “Shalom”, que implica necesariamente el reconocimiento y el respeto a los demás. Los católicos la ofrecemos antes de la comunión “la paz esté con nosotros”.  Ese deseo lo pedimos través del bienestar personal, de las familias y de la sociedad, reflejado en la prosperidad, la salud, la alegría y la salvación. Una paz que también incluya el perdón, así como la búsqueda de la utopía. Una persona que guarda venganzas y enojos no puede alcanzar la paz.

Curiosamente la paz que Cristo nos señala en sus Evangelios se aleja del común denominador: “no he venido a traer la paz sino la guerra” (Lucas 12, 49-52). En ese mensaje, se refiriere más bien a la caridad que Cristo espera de nosotros, para vivirla como un ardor en los corazones que le aman y lo siguen. En tiempos ancestrales se hablaba de la “pax romana”, entendida como una situación impuesta por la fuerza gobernante,  en especial cuando ejerce un poder en forma unilateral, controlada y sin respetar los derechos y garantías individuales de aquellos a quienes se gobierna. Benito Juárez sentenció sabiamente: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Bueno, a decir verdad esa frase la dijo Emanuel Kant. Algo similar a lo que se vivió en tiempos de don Porfirio Díaz, quien impuso el orden y el progreso sin distinciones y complicaciones.

Todos buscamos la paz personal e interior. La paz no puede adquirirse a través de la educación, pues no se puede educar a nadie para la paz, aunque existen actividades encaminadas al fomento de ella y sólo se puede obtener a través de la acción social. Por ejemplo, siempre ha existido cierto interés y anhelo por la paz en los hombres y mujeres a través de los tiempos. Otros la consideran como el proceso de búsqueda de justicia en los diferentes niveles de relación humana. Este es un concepto dinámico el cual nos lleva a entender a la paz como un medio para alcanzar una concordia de la persona consigo misma, con la naturaleza y con los demás. Curiosamente la paz adquiere diversas y formas para entenderla. Se nos puede aparecer mediante la alegría, la felicidad, la meditación, la oración o la cercanía de un ser querido. O bien, como una armonía entre lo que somos, lo que pensamos y hacemos.


A Muste le debemos la definición más emblemática en torno a ese concepto: “No hay un camino hacia la paz, la paz es camino”. Con esto reconoce que la paz no es una meta, más bien un proceso por el que hay que aprender a entrar en los conflictos y resolverlos de forma positiva sin usar la manipulación o la obligación. Tal vez encausando una rebeldía, regulando los conflictos por métodos pacíficos y asumir la responsabilidad de las consecuencias de nuestros propios actos. Puede hablarse de una paz social como entendimiento de las buenas relaciones entre los grupos, clases o estructuras sociales dentro de un país. En el plano individual, la paz designa un estado interior, exento de cólera, odio y de sentimientos negativos. Por lo tanto, es deseada para uno mismo e igualmente para los demás, hasta el punto de convertirse en un saludo o una meta de vida, tal y como la buscaron en su tiempo y en sus modos, pacifistas como Ghandi y John Lennon; tan solo por citar a algunos o el movimiento hippie tan famoso en la década de los 60 y los 70 en el siglo XX que invitaba a hacer el amor y no la guerra, con el saludo distintivo de una generación que con dos dedos en forma de “V” nos recordaba: “Amor y paz”, (peace and love). Y hasta Lennon cantaba “A give peace a chance”.

La encíclica Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, señala que la paz no es la ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica. Más bien es obra de la justicia (Is 32, 7) y del fruto del orden plantado en la sociedad humana por Cristo y que los hombres, sedientos siempre de una perfecta justicia que buscan alcanzar. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está comprometido a continuos cambios que beneficien a la sociedad. Por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un continuo quehacer.



Para construir la paz se requiere ante todo, evitar las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Principalmente deben desaparecer las injusticias, que contribuyen a las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias. A veces las guerras nacen del deseo de dominio y del desprecio por las personas y de motivos más profundos, como lo son la envidia, la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas. Para establecer un mundo de paz, se requiere satisfacer las diversas necesidades de los hombres tanto en el campo de la vida social, como la alimentación, salud, educación y el trabajo entre las naciones menos favorecidas. Fomentar el progreso, remediar en todo el mundo la triste situación de los refugiados o ayudar a los emigrantes y a sus familias. Para alcanzarla, se requiere el diálogo entre todos los hombres y la edificación del mundo y orientación de éste a Dios. Como promesa escatológica, Cristo nos ofrece la paz: “mi paz les dejo y mi paz les doy” (Jn 14, 27).

domingo, 17 de septiembre de 2017

El Monterrey de Pepe Guízar

Antonio Guerrero Aguilar/ 

Hay otro canto dedicado a Monterrey; con una letra repleta de imágenes poéticas tan comunes muy conocidas para nosotros. Bellísima canción, mi predilecta entre todas las que hay sobre Monterrey. Su autor es José Guízar Morfín, mejor conocido como Pepe Guízar, considerado el “Pintor Musical de México” por la colección de cantos referentes a lugares tan característicos de México, entre las que destacan: “Guadalajara”, “Tehuantepec”, “Como México no hay dos”, “Corrido del Norte”, “Sin Ti”, “Chapala”, “Pregones de México”, “China Poblana”, “Sarape de Saltillo” y otras más. José Guízar Morfín nació en Guadalajara, Jalisco el 12 de febrero de 1912 y murió el 27 de septiembre de 1980. Realizó sus primeros estudios en su ciudad natal.  En 1928 se trasladó a la ciudad de México, en donde estudió música, declamación y poesía. También trabajó en la XEW, considera como “la voz de la América Latina”.  Indudablemente su canción más conocida es la de “Guadalajara”.


En la versión original de “Monterrey, tierra querida”, intervienen las Tres Conchitas y los inolvidables hermanos Záizar. La bella composición comienza a capela: “Monterrey tierra querida, es el Cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil, desde niño yo te quiero y por eso es que si muero que sea en ti donde nací. Indudablemente el cerro de la Silla es el principal ícono y símbolo representativo de Monterrey. Yo no tuve el orgullo de nacer en Monterrey, nací en Santa Catarina y ahí tengo enterrado a mi ombligo, a mi madre, a un hermano y muchos parientes. Desde que tengo uso de razón veo a tan emblemática montaña y tan es así que llevo a Monterrey también en mí ser al igual  que las Mitras, la Ventana, el Fraile y el cañón de la Virgen.


La siguiente estrofa refiere orgullosamente: “Entre montañas y sierras se tiende mi tierra, mí tierra que es Monterrey, por algo tiene la fama de ser la Sultana, norteña de mi querer, Como la flor de azucena, sus hembras nos llenan de suave y blanca fragancia y con el alma de acero, cuando se viste de obrero, es un canto de esperanza”. Monterrey esté situado en un valle rodeado de montañas. Por eso Alfonso Reyes en su poema la llamó “Monterrey de las montañas”,  pues está al pie de la Sierra Madre Oriental, rodeado de montañas a las que llamamos cerros entre los cuales están la Silla, las Mitras, el Fraile, la Ventana, el cañón de Santa Catarina, la Loma Larga, el Mirador, la M que en realidad se llama la Sierra de la Huasteca.


El corrido considera a Monterrey como “la Sultana del Norte”. En 1880 el señor obispo Ignacio Montes de Oca y Obregón, escribió una composición poética llamada “Brindis a la ciudad de Monterrey” y se refiere a ella como la: “Reina del Norte, Monterrey ilustre”. Respecto la cualidad de las damas, en 1840 Manuel Payno alabó la belleza de las mujeres regiomontanas y durante muchos años, la Fundidora, la Asarco, la fundición número 2, conocida como Peñoles, Compañía Minera, Fundidora y Afinadora Monterrey, S.A. y Hojalata y Lámina, apuntalaron a Monterrey como una ciudad del acero, además del vidrio y del cemento. Una ciudad obrera y de obreros, a los que Alfonso Reyes llamó: “héroes en manga de camisa”. Por eso, cuando Juan Pablo II visitó a Monterrey en enero de 1979 y le pusieron sobre su cabeza un casco obrero, los regiomontanos vieron cómo la tiara pontificia se convirtió en el símbolo del trabajo y del esfuerzo.

De nueva cuenta repite de manera ufana: “Monterrey tierra querida, es el Cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil, desde niño yo te quiero y por eso es que si muero que sea en ti donde nací”.  En la última estrofa se escucha: “Como amazona perdida, la Luna en la Silla cabalga al meterse el Sol y más abajo en la loma, en la punta de la loma parece que lloran, las notas de un acordeón. Y perfilándose altivas, las fábricas brillan vestidas de azul mezclilla y con los brazos abiertos, como Señor Padre nuestro, está el cerro de la Silla”.

Una vez sentenció don Alfonso Espino y Silva, octavo Arzobispo de Monterrey (1952-1976), que los mejores atardeceres y amaneceres que había visto en su vida eran los de Monterrey. Tanto el Sol como la Luna nacen al oriente sobre el cerro de la Silla. De ahí que don Diego de Montemayor se asombró cuando vio a un indio flechando al Sol, como una actitud reverencial y de culto. En 1672, gracias a la reina Mariana de Austria ésta imagen quedó inmortalizada en el escudo de armas de la ciudad. De las Mitras salen dos lomeríos, uno que llega hasta el obispado y el otro más alargado, casi toca la Silla, popularmente llamado la Loma Larga. En las colonias que la habitan se desarrolló otro género musical representativo de Monterrey: la cumbia norteña y el vallenato en donde también  predomina el acompañamiento de acordeón,  el típico instrumento musical traído por las tropas europeas que intervinieron a México entre 1862 y 1867. Tanto el “fara fara” norteño como la cumbia norteña han hecho a Monterrey la capital grupera de México.


Monterrey gradualmente ha perdido su identidad y la categoría de ser la capital industrial de México. Sus empresas emblemáticas ya cerraron o pasaron a formar parte de grandes inversionistas extranjeros. Si don Eugenio aun viviera, estaría sumamente decepcionado. El sector industrial dio paso al sector servicios y desde principios del milenio nos han vendido la idea de que Monterrey es la ciudad del conocimiento y de la investigación pura como aplicada. Cuando se refiere a que las industrias se visten de azul mezclilla, remite a las empresas textileras como La Fama, La Leona y El Porvenir ya cerradas. Eran las que hacían la mezclilla y la ropa de algodón tan característico en la marca Gacela y Medalla.


Las antiguas civilizaciones vieron en las montañas el lugar en donde habita Dios. En el Sinaí Dios habló a Moisés y tanto las pirámides egipcias como prehispánicas nos recuerdan a las montañas como el origen y el centro cósmico. El cerro de la Silla, imponente y majestuoso, es el principal símbolo en el cual los regiomontanos y nuevoleoneses nos reconocemos.  Por ello lo vemos como una representación y extensión de la grandeza divina. Urge recuperar para su difusión ésta bellísima canción, con la que nos despertábamos todas las mañanas para salir a la escuela.

domingo, 10 de septiembre de 2017

El Corrido de Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/

Monterrey cuenta con al menos cinco cantos representativos, como el “Monterrey shotis” de Ángel Quintanilla y Aliber Medrano, el de Pepe Guízar que comienza interpretado magistralmente a capela: “Monterrey, tierra querida, es el cerro de la Silla”, o una canción tan hermosa que interpreta Marilú Treviño. Pero la más conocida de todas, “El Corrido de Monterrey” fue compuesta en 1942 por Severiano Briseño, un cantautor nacido en 1902 en San José de las Canoas, San Luis Potosí. De niño vivió en Tampico y formó parte del trío Los Tamaulipecos que participaron en la película “Cuando lloran los valientes” (1945); ahí también Pedro Infante cantó un singular y desconocido corrido dedicado a Monterrey que comienza: “Desde lo alto del cerro de la Silla, estoy mirando a mi lindo Monterrey”.


Por su composición musical, don Severiano Briseño alcanzó la fama artística en Monterrey, por eso las autoridades municipales como los principales industriales decidieron respaldar su carrera y lo nombraron hijo predilecto de la ciudad por su aportación tan significativa. El corrido se puede cantar fácilmente por la sencillez de la letra y lo pegajoso de su música. La pieza musical se popularizó cuando la interpretó Pedro Infante en la película “Escuela de Música” (1955), en donde personificó a Javier Prado quien al tomar un tequila, se inspira para cantar acompañado por una orquesta de señoritas dirigidas ni más menos que por Libertad Lamarque. Y desde entonces, la canción se hizo tan conocida que no puede faltar en fiestas, reuniones o eventos en donde se resalte la historia y la identidad de ser de Monterrey.

Durante una gira artística que Los Tamaulipecos hicieron a Mazatlán, le preguntaron a don Severiano qué era lo que más le gustaba de Sinaloa y contestó: “sus mujeres y la tambora”. Fue cuando uno de los presentes le reclamó: “Oye, ¿qué le ves a Monterrey que no tenga Sinaloa? ¡Házle un corrido a Sinaloa para estar igual!” Y en consecuencia compuso “El Sinaloense”. Don Severiano dejó de existir el 6 de octubre de 1988, dejando un legado de gran valor para el acervo de la música popular mexicana.

En el corrido hay muchas referencias regionales. En la primera estrofa dice: “Tengo orgullo de ser del norte, del mero San Luisito, porque de ahí es Monterrey, de los barrios el más querido, por ser el más reinero, ¡sí señor!, barrio donde nací.” En 1910 el barrio San Luisito se convirtió en la colonia Independencia. Pero Monterrey no está precisamente en el norte, más bien en el noreste mexicano y Monterrey no es de San Luisito, más bien al revés. Prueba de ello es que había un puente llamado así y que ahora se llama del Papa que comunicaba al viejo Monterrey con el popular barrio. En efecto,  a los habitantes que pertenecían al Nuevo Reino de León, les llamaban “reineros”. La segunda estrofa reitera el orgullo por el solar nativo: “Y es por eso que soy norteño, de esta tierra de ensueño, que se llama Nuevo León, tierra linda que siempre sueño y que muy dentro llevo, ¡si señor!, llevo en el corazón”. A decir verdad, en eso don Severiano se “aventó” como decimos por aquí. Pero cuando se piensa en el norte del país, regularmente se vienen a la mente Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

En la tercera estrofa, se refiere al principal distintivo y símbolo de Monterrey: “Desde el cerro de la Silla, se divisa el panorama, cuando empieza a anochecer, de mi tierra linda y sultana, y que lleva por nombre, ¡si señor!, Ciudad de Monterrey”. El 2 de junio de 1961, unos ingenieros y técnicos perecieron en un accidente cuando probaban el teleférico que estaba en la Ciudad de los Niños, obra auspiciada por el padre Carlos Álvarez. El teleférico llegaba hasta un mirador situado en el cerro de la Silla. Desde entonces  el proyecto espera el sueño de los justos para ser revivido como uno de los atractivos turísticos más importantes de la considerada Ciudad de las Montañas.  En realidad, el cerro de la Silla no está territorialmente en Monterrey, excepto una porción, más bien pertenece a Juárez, Guadalupe, Santiago, Allende y Cadereyta.

Monterrey debe su nombre al entonces virrey de la Nueva España,  don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, cuyo origen está situado en Galicia. De ahí que una vez el pensador Gutierre Tibón se preguntara el por qué le decían Sultana a Monterrey, si esa región gallega no estuvo ocupada por los árabes. Parece ser que el título de la Sultana del Norte, tiene que ver con la categoría de la capital industrial de México, con la presencia de palestinos y libaneses que se asentaron en Monterrey desde fines del siglo XIX y principios del XX y por el famoso equipo de béisbol conocido como Sultanes que patrocinaba don Anuar Canavati.

La siguiente estrofa tiene que ver con la zona citrícola, que tanto promovió don José A. Robertson, un empresario norteamericano que llegó en la década de 1880 durante la construcción de las vías de ferrocarril hacia el Golfo. Un hombre al que se le debe la fundación de la compañía de Agua y Drenaje, la ladrillera y del primer juego de béisbol ocurrido en México y tal vez en América Latina,  en la estación San Juan de Cadereyta Jiménez. “En sus huertos hay naranjales cubiertos de maizales, con sus espigas en flor, y en sus valles los mezquitales curvean caminos reales, ¡si señor!, bañados por el sol”. Si había naranjales en Monterrey y en otros municipios ahora conurbados, pero los mejores naranjales estaban y están en Montemorelos, General Terán, Cadereyta y Allende. Resalta los campos cubiertos de maizales, además de los montes y caminos en donde se podían ver los mezquitales, ahora tan dañados por la sobreexplotación de carbón vegetal, muy bueno y recurrente para las carnes asadas, desaparecidos por la voraz mancha urbana sin un crecimiento adecuado.


En la última estrofa, recurre al orgullo de ser regiomontano: “En mi canto ya me despido cantando este corrido, que es de puro Monterrey; ese suelo tan bendecido, de todos muy querido, ¡si señor!, verdad de Dios que sí”. Aunque el 85 por ciento de la población de Nuevo León viva en la zona metropolitana, entre los que destacan Monterrey como capital y otros diez o doce municipios,  el resto de los 50 municipios también son de puro Nuevo León y de igual forma, se sienten muy contentos y orgullosos cuando cantan éste corrido. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Y nadie como “El Piporro” de Lalo González

Antonio Guerrero Aguilar/ 

Los Herreras, Nuevo León es un municipio situado al noreste de Monterrey a poco más de cien kilómetros. Fue establecido a mediados del siglo XVII como una estancia ganadera a la que llamaron el rancho de La Manteca, entonces una jurisdicción territorial de Cerralvo. El 20 de noviembre de 1874 fue erigido en municipalidad con el nombre de Los Herreras, en honor a los hermanos José y Martín Herrera; quienes por cierto, fueron de los pocos que lucharon por la guerra de Independencia en el Nuevo Reyno de León en el verano de 1813. Una vez el hijo más ilustre de Los Herreras, don Eulalio González “El Piporro” sentenció que su pueblo natal fue la última capital del mundo antiguo, pues cuando el coloso de Rhodas rodó y el Parthenón se partió, los restos se quedaron en Grecia, mientras que en Herreras solo se quedó pura piedra bola.


Eulalio González Ramírez, conocido en el ambiente artístico nacional como “El Piporro”, nació en Los Herreras el 16 de septiembre de 1924, hijo de un empleado aduanal de nombre Pablo González y Elvira Ramírez. Por las labores propias de su padre, Eulalio vivió en diversos puntos de la frontera de Tamaulipas como Ciudad Guerrero, ahora inundada por las aguas de la presa Falcón, los Guerras, una congregación que en ese entonces pertenecía a Mier y ahora es de Miguel Alemán, en Reynosa y Matamoros. Decía que una vez estaban viendo una película en Ciudad Guerrero, Tamaulipas. En una escena salió un tren y asustado salió corriendo pensando que le iba a pasar encima. En esos lugares inició sus estudios primarios, llegando a Monterrey en 1943 para cursar la carrera de medicina en la Universidad de Nuevo León. No la concluyó, por lo que se graduó en teneduría de libros y estenografía. Estuvo un tiempo en el periódico El Porvenir y se dedicó a la locución en estaciones como la XEMR en donde imitaba a cantantes, luego pasó a la XEFB y posteriormente a la XET.

Tuvo la oportunidad de conocer a Pedro Infante, quien lo invitó a la Ciudad de México para incursionar en la radio y el cine. Por su capacidad de imitar voces, fue contratado en 1948 para actuar en la radionovela “Ahí viene Martín Corona” para dar vida al “Piporro”, un personaje creado por el bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes. Para 1950 participó como extra en películas como “La Muerte Enamorada” y “Dancing”. A partir de ahí inició una carrera en el cine nacional en donde compartió créditos con los más importantes actores de la época como Pedro Infante, los cuatro hermanos Soler, Antonio Aguilar, Antonio Badú, Pedro Armendáriz, Luis Aguilar entre otros más. También fue galán de las mujeres más bellas de la época como Christian Martell, Rosita y Elvira Quintana, Ana Bertha Lepe y la “Doña” María Félix, de la que por cierto Piporro se ufanaba se ser el único que la había cacheteado y nalgueada en películas, aún y cuando ella se había fajado de lo lindo a actores como Pedro Armendáriz y Jorge Negrete.

Un tiempo tuvo problemas con la industria cinematográfica nacional, por lo que se dedicó a producir y a realizar películas en forma independiente, apareciendo en programas de televisión. Por la cinta “Espaldas Mojadas” ganó un Ariel y por “El Pocho” una Diosa de Plata. En sus orígenes salía personificando a viejos. Cuando comenzó a filmar “Ahí viene Martín Corona” debía dar vida a un personaje que rondaba los setenta años, cuando el no pasaba de treinta. Después hizo películas como “El Bracero del Año”, “El Rey del Tomate”, “Torero por un Día”, “Los Santos Reyes”, “La Nave de los Monstruos”, “De tal palo tal astilla”, “El Padre Pistolas” entre otras más. En una película al lado de Luis Aguilar, Pedro Vargas y Agustín Lara, siempre le jugaba bromas pesadas.

Algo digno de reconocerse, es que la mayoría de los apellidos de los personajes que salían en las películas, eran Garza, Treviño, Martínez, Cantú o Villarreal. Es el prototipo y típico habitante del noreste mexicano. Junto con Eleazar García “Chelelo” y Jesús González Leal “Chis Chas”, han difundido el espíritu y el alma del noreste, con sus canciones, ocurrencias y forma de hablar fuerte y golpeado y la forma de ser del norteño ya sea de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas.
Interpretó canciones y corridos en los que hablaba personajes y lugares comunes como Saltillo, Ramos Arizpe, General Bravo, Allende y sin olvidar a su Reynosa querido. Al Piporro le debemos la incursión tanto en el cine nacional como de la grabación de discos de “Los Donneños”, que siempre lo acompañaron en películas, programas de  televisión y presentaciones en público. En una escena memorable del cine nacional cantó con Oscar Pulido “Agustín Jaime” o grabaciones como “El Taconazo”, “el Abuelo Ye-ye”, “Chulas fronteras”, y demás canciones en las que imitaba voces, metía mariachi o acordeón al rock and roll y demás lujos que solo Lalo González se podía dar. Con una chispa innata para la actuación, cuando Pedro Infante esperaba la oportunidad para empezar a cantar Cien años, Piporro se le adelanta, le roba la escena y lo guía para que comience la melodía dedicada por cierto a Elsa Aguirre.


Contrajo matrimonio con Ernestina Ballí González y de esa unión, nacieron seis hijos. Seguramente doña Ernestina fue aquella mítica Petrita del “Bracero del Año”. Murió el 1 de septiembre de 2003. Hace tiempo de su partida; siguen haciendo falta hombres como el Piporro, que nos hacían ver y reconocer a Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, como la parte del norte del México que desde el centro y del resto de la república respetaron gracias a las ocurrencias y forma de ser. Dos veces tuve la oportunidad de conocerlo, en un homenaje que le hicieron en el CEU y otra allá en General Bravo. Los maestros tenían cerrada la carretera a Reynosa y “El Piporro” se bajó de la camioneta y les dijo: “Déjenme pasar, les prometo hablar con Bush” y los maestros respetuosamente le dieron el paso. Gracias a sus películas y canciones, nos reconocernos como habitantes del noreste mexicano. Por eso, nadie como él y nadie que llene sus botas con las cuales bailaba el “Taconazo” y gritaba: “Ajúa Raza”.

domingo, 27 de agosto de 2017

Los Urdiales, Nuevo León

Antonio Guerrero Aguilar/

Entre 1986 y 1987 tuve la oportunidad de colaborar en el trabajo pastoral de la comunidad del templo de nuestra señora del Carmen en la colonia Urdiales. En ese periodo estaban construyendo un puente entre el cruce de la avenida Gonzalitos y Paseo de los Leones. El camión de la ruta 25 entraba por la antigua avenida Urdiales, ahora llamada Eduardo Aguirre Pequeño, para después pasar por la calle Popocatépetl. En la esquina con Pico de Orizaba aparecía una antigua construcción de sillar. Una cuadra después, se presentaba una plaza típica de pueblo y enfrente un templo. La casa como el templo parecían vetustas construcciones de sillar y sobresalían del resto de las casas de los alrededores.

Precisamente el templo como la casona son las únicas que quedan de la antigua comunidad de Los Urdiales, ahora considerada como una colonia más de Monterrey. Pero hace más de cien años, fue la segunda comunidad agrícola más importante de Monterrey, después del Topo Chico y antes que San Jerónimo. De  hacienda, luego congregación y colonia, gradualmente se fue integrando a la mancha urbana hasta que quedó encerrada entre bodegas, fraccionamientos industriales y colonias. Al principiar la década de los 1970 la comunidad de Los Urdiales fue dividida en dos por la avenida Gonzalitos.

El templo aunque pequeño, ostenta una arquitectura austera y sencilla pero a la vez muy interesante. En el coro del templo se ven unas fechas “1876-1896”, que indican el inicio como la conclusión del edificio. Con el correr del tiempo, tuve la oportunidad de buscar información en el Archivo Histórico Municipal de Santa Catarina (1987-1991) y en algunas obras de carácter histórico y con ello pude conformar un esbozo histórico de la antigua comunidad de Los Urdiales. Parte de la investigación fue publicada en la sección Cumbres del diario El Norte en mayo de 1990. Pero los datos más amplios y específicos permanecían inéditos. Es por eso que presento una síntesis histórica de los Urdiales, para que Ustedes tengan una idea de lo importante que tuvo ésta comunidad para la historia de Monterrey.

La comunidad de Los Urdiales fue una de las haciendas que conformaban la municipalidad de Monterrey entre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, junto con San Bernabé del Topo Chico, los Tijerina, Gutiérrez, Doctor Gonzalitos, San Jerónimo, el mineral de San Pedro, el Ancón, Labores Nuevas, los Cristales y Los Urdiales. Los ranchos eran Piedra Parada, la Hedionda Chica, las Boquillas y los Remates. Con el crecimiento de la mancha urbana, esos poblados se fueron fusionando o integrando a nuevos centros habitacionales; convertidos en colonias, perdiendo con ello su categoría de congregaciones y pueblos.

Un informe correspondiente a los primeros años del siglo XX, situaba a Los Urdiales a 6,285 kilómetros al noroeste de la plaza Zaragoza. Asentado  en un pequeño valle que se formaba rodeado de las estribaciones de la sierra de las Mitras, el cerro del Topo y del Obispado. Para llegar al viejo casco de la hacienda, se salía de Monterrey por la calle de Aramberri; se pasaba por entre los dos panteones, el del Carmen y Dolores. Al llegar a fleteros y la cigarrera, se cruzaba las vías de ferrocarril y Madero. Ahí comenzaba la antigua avenida Urdiales que pasaba cerca de las facultades de Medicina y Odontología y a menos de medio kilómetro aparecía el centro agropecuario en donde sobresalían las fincas rústicas, un gran centro productor de lácteos, los corrales y los montes en donde pastaban las vacas, las cabras y las aves de corral.

En los señoríos territoriales de la hacienda, ahora se levantan las colonias Mitras centro, sur, parte de la norte y el fraccionamiento Bernardo Reyes, un sector de las colonias Cumbres y Vista Hermosa, todo el campus de la salud de la UANL, los panteones El Tepeyac y el Roble y el gimnasio Nuevo León.  La vieja comunidad agrícola fue absorbida por la mancha urbana y con ello, perdió a sus viejos habitantes y sus costumbres. Ciertamente ganó otras de carácter urbano. Actualmente ésta zona habitacional es una colonia más de Monterrey, pero en su tiempo llegó a ser la tercera comunidad más importante después de la ciudad capital y del Topo Chico. ¿Quién no recuerda a sus bailes y demás diversiones a las que asistían personas de los alrededores? Las visitas para comprar huevos o productos lácteos. Para quienes llegaron a residir en la naciente colonia Mitras a mediados del siglo XX, un pueblo, un rancho más cercano a las colonias circunvecinas.

El apelativo Urdiales es originario de Castro, provincia de Santander, España. Su origen viene del vasco Urda que significa pasto y del sufijo Ales: literalmente es el terreno sembrado de pasto. A su vez, Ordio viene del latín Hordeum que significa cebada. El primer poblador aparentemente originario de Guanajuato, que habitó el Nuevo Reino de León es José Urdiales, quien acompañó al capitán Alonso de León en la expedición para buscar a los franceses que habían establecido un fuerte en las cercanías en las costas de Texas, próximas a Corpus Christi el 27 de marzo de 1689. Durante el siglo XVIII había algunas familias con éste apellido, teniendo sus residencias en un lugar situado al poniente de la Plaza de Armas, entre el camino real a Saltillo y el río Santa Catarina. Otros Urdiales vivían cerca del Ojo de Agua de Santa Lucía y hasta había un barrio conocido como “Las Urdialitas”. En el siglo XIX y XX encontramos personas de apellido Urdiales en censos correspondientes de Santa Catarina como en Garza García.

En la hacienda de Los Urdiales había labores de riego y terrenos en donde pastaban y criaban ganados mayores y menores. Los Urdiales fue establecida gracias a los esfuerzos de los hermanos José Ángel y Pedro Urdiales quienes consiguieron mercedes de tierra para formar una hacienda en 1845. Al año siguiente, un destacamento al mando de Zacarías Taylor se quedó en las inmediaciones del lugar, para arribar a San Jerónimo en donde inició el asedio a la ciudad de Monterrey en septiembre de 1846. Para 1861 la hacienda estaba situada rumbo al camino a Villa de García y al Topo Chico y por sus terrenos pasaba el ferrocarril al Topo. Tenía una extensión territorial de dos sitios de ganado mayor, equivalentes a 3, 530 hectáreas. El pueblo estaba compuesto por 63 fincas, dos de ellas consideradas como rústicas con un valor de mil 400 pesos a principios del siglo XX y los sitios mayores en 600 pesos. Los terrenos como las propiedades estaban valuadas en dos mil pesos.

Los vecinos organizados en un régimen comunal se dedicaban a la agricultura y a la ganadería. Era un pueblo próspero que cosechaba cantidades considerables de maíz y caña de azúcar;  por ello había algunos trapiches y moliendas de piloncillo en el lugar. La hacienda tenía su saca de agua y otros remanentes procedentes de San Jerónimo. También había terrenos de agostadero en donde la población criaba y cuidaba en orden de importancia el ganado porcino, vacuno, caballar, asnal y mular. Las fincas mantenían sitios arbolados en donde predominaban los aguacatales, las anacuas y los nogales, mientras que en los montes de los alrededores; las ayas, sauces, álamos, mezquites, duraznillos, barretas, moras, naranjos, granjenos, canelos, chaparros y huizaches.


El 9 de abril de 1886, estaban unos 25 o 30 hombres armados en el puerto del Durazno, en los límites de Santa Catarina y Villa de García, a inmediaciones del cerro de las Mitras. Dicen los informes que de vez en cuando tiraban balazos y lanzaban vivas sin precisar a quién. Toda la parte norte de Monterrey y General Escobedo y García, estaban expuestos a la inseguridad y a los ataques. Por ejemplo, en el puerto de Durazno había tres bandidos que se habían enfrentado a una fuerza de Villa de García. Enviaron a unos 20 vecinos de Santa Catarina para perseguirlos hasta un lugar conocido como El Encinal cercano al cerro de las Mitras. De ahí se pasaron a San José y finalmente a Los Urdiales en Monterrey.

domingo, 20 de agosto de 2017

El Castillo del Arte y la Cultura

Antonio Guerrero Aguilar/ 

Propiamente yo crecí en un ambiente feudal. En 1969 mis padres nos llevaron a habitar una casa en la calle 10 de Mayo número 318. Era la última casa del pueblo, al pie de la montaña conocida como La Ventana. Tenía por patio a una buena extensión de terreno en donde sobresalían dos lomas a la que llamaban del Frijolillo y de la Santa Cruz. En la calle 10 de Mayo junto a la calle de la Santa Cruz había un parque llamado Miguel Hidalgo. Ahí una placa daba testimonio que Alfonso Martínez Domínguez lo había donado al pueblo de Santa Catarina entre 1964 y 1966, siendo alcalde Fidel Ayala Rodríguez. Sobre unas estructuras de piedra, estaba un busto del padre de la Patria, con algunos juegos metálicos y otros de concreto. Por el parque accedíamos a una pequeña ermita en donde estaba una imagen de nuestra señora de Lourdes en donde se reunían las vecinas para rezar el rosario. En ese lugar crecí y viví entre 1969 y 1975. El barrio del castillo, compuesto por las calles 10 de mayo y Segunda Avenida, Corregidora, Santa Anita y Santa Cruz, tan característico por el castillo que señorea en el entorno. Para quienes transitan por nuestro municipio se preguntan acerca del inmueble edificado sobre una loma. Causa extrañeza y curiosidad. De pronto se cuestionan sobre lo que es y significa para nuestra historia.

A la loma de la Santa Cruz también se le conoce como la “loma Pelona” por carecer de vegetación. Fue adquirida por Manuel Frías, en 20 mil pesos para edificar un castillo, entre 1951 y 1955. Manuel Frías nació en Monterrey en 1896, era hijo de Manuel Frías y Concepción García. Aprendió pintura y escultura de forma autodidacta. Fue miembro honorario del club de Leones de Santa Catarina cuando se fundó en 1960. Pintó tres murales, uno está en la sede del club, otro en la sala de cabildo de la presidencia municipal realizado entre 1964 y 1966 y otro en el castillo lamentablemente destruido. También diseñó el busto de Benito Juárez que se encuentra en la plaza principal de San Pedro Garza García. Residía en Monterrey en donde se dedicaba a la industria mueblera. Murió el 7 de octubre de 1982 en Monterrey.

Don Manuel diseñó todo el proyecto para el castillo. Primero construyó un camino hasta la cima. Apoyado por un grupo de albañiles logró nivelar el terreno, levantar el edificio y dejar un sótano; ahí moldeó unas galerías que simulaban unas grutas repletas de estalactitas y estalagmitas de concreto y yeso; que orgullosamente presentaba a los visitantes como una copia de las Grutas de García. En las terrazas del castillo instaló reproducciones del calendario azteca, una cabeza olmeca, la imagen del dios prehispánico de la primavera, una enorme olla, dos serpientes emplumadas que cuidaban la entrada de la sala, una fuente y una mesa de concreto con mosaico. Consta con dos niveles (además del sótano) con cuatro torreones, amplias terrazas de acceso y cuatro habitaciones para uso personal. Tiene una sala estancia en forma octagonal en la que estaba el mural de 9 metros de largo por tres de ancho, realizado en 1956, en donde se podían apreciar las principales montañas que rodean a Monterrey. Don Manuel atendía el local los fines de semana, para que los turistas pudieran conocer sus trabajos. Incluso una aventurita de Pipo se rodó en éste lugar en 1969.

Para llegar al mismo deben seguir por la avenida Manuel Ordóñez con rumbo al poniente. Está a tres cuadras pasando la Ixtlera. Pueden subir con su vehículo pero con precaución, un camino sinuoso y empedrado los espera. Lo mejor es dejar el auto  y caminar para ver el paisaje. Se quedarán asombrados de la vista que se puede hacer por todos lados. La subida a píe se hacía por Santa Anita y 10 de Mayo. Aún está la ermita en donde alguna vez estuvo la imagen de la virgen de Lourdes y ahora está la de nuestra señora de Guadalupe. La casa amarilla al píe de la loma está en mal estado y muchos de los terrenos de los alrededores fueron adquiridos por particulares quienes tienen por patio una loma con un castillo. Por el lado sur se llega a otra lomita que servía como mirador y de ahí hasta la parte alta de la loma.

Este castillo del arte y de la cultura, fue obra de un solo hombre; que invirtió años de dedicación, recursos y esfuerzos. Fue una de las primeras galerías para exponer obras de arte en Nuevo León a partir de 1955. A simple vista parece un castillo de cuentos de hadas, pero en realidad era el Castillo del Arte y de la Cultura. Y fue construido con la ilusión de ser un orgullo para Santa Catarina y otro atractivo turístico más en la región. A la muerte de Manuel Frías en 1982, la galería de arte fue totalmente destruida. Lamentablemente fue dañado por el vandalismo y el mural emblemático fue borrado durante la restauración del inmueble en 1992.


En 1991 la señora Teresa García de Sepúlveda dispuso con la familia Frías el rescate del Castillo; para hacer de él una casa de la cultura, museo, archivo y hasta la sede del Consejo Promotor del Arte y la Cultura de Santa Catarina. Luego los munícipes Atanasio González Puente, Arturo Ayala y Alejandro Páez lo dejaron como academia de policía (1992-1998). Humberto González Garibaldi lo destinó para oficinas de promoción económica y turística pero al desaparecer la dependencia municipal, el sitio quedó abandonado hasta el 2008. En el 2006 pensaron trasladar el archivo municipal y dejarlo como museo histórico, pero las condiciones de humedad y de inseguridad evitaron la apertura. Siendo alcalde Dionisio Herrera lo prestó para la rehabilitación de jóvenes con algunas adicciones. A mi juicio urge su rehabilitación para fines culturales, como centro de desarrollo comunitario y sede para talleres artísticos y hasta deportivos.

domingo, 13 de agosto de 2017

La Puerta a Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/

En 1966, Israel Cavazos se refirió a Santa Catarina como la Puerta a Monterrey. Desde 1577, Santa Catarina ha sido testigo silencioso del paso de pobladores, conquistadores, obispos, religiosos misioneros, ejércitos, de carretas y recuas a ahora de camiones, automóviles y de personas que han elegido un mejor lugar para vivir en éste rincón de la patria, o de quienes nos visitan y vienen de paso.


En 1573, Luis Carvajal y de la Cueva salió desde el Pánuco buscando una ruta hacia Zacatecas. De regreso a la costa, pasó por territorios que luego Alberto del Canto llamó Saltillo y Santa Lucía. Para acceder de la Mesa del Norte al Plano Inclinado del Golfo, solo hay una abertura natural a través de la Sierra Madre a la que los primeros colonizadores llamaron la Cuesta de los Muertos. Ahí en los alrededores vivían los indios tobosos  y de acuerdo a las crónicas, mataban a todo aquel que se atrevía a cruzarla. El camino estaba sembrado de cruces, señal de que en ese sitio había muertos. De acuerdo a la tradición, Alberto del Canto fundó el Santiago del Saltillo y Santa Lucía en 1577. Para comunicarlos estancias o puestos, como el de Santa Catarina, el Durazno, García, Rinconada y los Muertos. Por aquí bajaron las doce familias que fundaron Monterrey en 1596. Y era fue el trayecto original hasta 1844, cuando pidieron que se hiciera un trazo directo de Santa Catarina a Rinconada en lugar de Los Fierros, Nacataz y García.


Los exploradores y arrieros hicieron camino. Tierra de veredas y luego habilitados para que los carreteros pasaran por la terracería. Aunque recibió el nombre de Camino Real de los Saltilleros, por si algún día el monarca venía a conocer sus dominios, todavía para 1883 estaba en pésimas condiciones. Que no lloviera o helara. Arroyos y vados peligrosos. Sendas recorridas a pie, caballo, a loma de mula o burro, en carreta o diligencia. Rutas de trenes de recuas que llevaban en sus lomos, mercancías de ida y vuelta. Los 80 kilómetros que separan a Saltillo de Monterrey los recorrían en uno o dos días, según el estado del tiempo. Hoy en una hora y hasta menos. Esta fue la principal zona productora de vino mezcal en el norte de México. Y cómo no, si había muchos agaves, pinos y vegetación submontañosa. Ahora carreteras y autopistas, con paradores y vendedores de ajo de Rinconada, carne asada a llenar, vulcanizadoras, fondas y depósitos en dónde vemos a damas saludando a todo aquel que pasa.


De los Muertos para allá: Paso de Guadalupe, Higueras, Ojo Caliente, San Gregorio, Ramos Arizpe y de los Muertos para acá: Casa Blanca, Cerritos, el rancho de doña Carlota, el Sesteo de las Aves, el Alto de las Encinillas que luego denominaron como la Cuesta de Carvajal en honor a don Víctor Carvajal, un vecino de Villa de García que dirigía a una partida de hombres que vigilaba desde Santa Catarina a los Muertos. Zona repleta de historia, de historias y de leyendas, como aquel corrido cuya estrofa relata la aparición de una muerta que le pidió “raid” a un trailero. Poco antes de llegar a Casa Blanca le dijo en donde vivía y hasta lo invitó a visitarla cuando se le ofreciera. El chofer un día llega, para recibir la noticia de que la joven que busca “hace un año que murió”, concluye el corrido.

Tan peligroso, porque regularmente ocurren accidentes viales. De curvas que sacan a los carros de la carretera y quienes mueren ahí, son recordados por unas cruces y ofrendas en su honor. No les recomiendo bajar o subir cuando llueve “chipi, chipi” o la neblina impide la visibilidad.




El 5 de mayo de 1935 inauguraron la carretera Monterrey- Saltillo. Los gobernadores Jesús Valdés Sánchez y Pablo Quiroga Treviño - de Coahuila y Nuevo León respectivamente-  se reunieron en el Paso de Guadalupe para dar el banderazo de apertura. El entonces alcalde de Santa Catarina, don Félix Rodríguez Góngora pidió a los propietarios de las fincas situadas por la calle Monterrey, ahora llamada de Manuel Ordóñez, para que levantaran bardas y las pintaran, arreglaran las fachadas de las casas para dar buena imagen a los viajantes. En tramo correspondiente a Santa Catarina había comenzado desde 1928. Y allá en la década de 1970, hicieron la carretera de cuatro carriles. Gradualmente el tránsito dejó de pasar por la calle principal de Santa Catarina.

En el 2006 anunciaron la construcción de una autopista, que fue destruyendo gradualmente paisajes y sitios emblemáticos como La Huasteca, la Loma del Frijolillo, las Anacuas, El Ranchero, el cañón de Cortinas y la Cuesta de los Muertos, ahí donde tenemos a una montaña aún repleta de una variedad de pino que solo existe en ésta región. Cuando hicieron la vía rápida, dañaron decenas de hectáreas en donde habitaban flora y fauna única en México, desde manantiales de agua, zonas con petrograbados y sitios históricos. Solo la tenían Santa Catarina, García y Ramos Arizpe. Pero no les importó. Hasta se les ocurrió poner un puente sobre la comunidad de La Huasteca y terminaron con la vida de un pueblo que se convirtió en una colonia más.

El domingo 10 de marzo de 1985, el entonces gobernador de Nuevo León, Alfonso Martínez Domínguez estuvo en Santa Catarina para inaugurar la monumental escultura denominada como La Puerta a Monterrey, donada por el filántropo y empresario Generoso Villarreal. Con 17 metros de altura y 14 de ancho, esta obra asemeja una puerta que da la bienvenida a quienes llegan por la carretera desde Saltillo, colocada sobre una plazoleta exactamente en donde inicia el acceso a Santa Catarina. Curiosamente en esa ocasión estuvieron los alcaldes de Monterrey y Guadalupe, Oscar Herrera y Gilberto Treviño Montemayor, pero no Juan Francisco Caballero Escamilla, entonces alcalde de Santa Catarina. Días después vino el Lic. Miguel de la Madrid Hurtado a inaugurar la Puerta a Monterrey. El diseño y la estructura pertenecen a Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastián, un arquitecto y escultor nacido en 1947 en Camargo, Chihuahua, especializado en la escultura monumental en acero o concreto. Sus obras están en lugares emblemáticos de Estados Unidos, Japón y México. Se distingue de otros artistas por la forma geométrica que le imprime a sus esculturas. Con esta obra se refuerza el concepto de que Santa Catarina es la Puerta de Monterrey. Pero a decir de su autor, este trabajo suyo tan importante, es el más descuidado de todos los trabajos realizados. Y vayan a Ciudad Juárez, Torreón, Matamoros o la Ciudad de México, en donde sus obras son apreciadas y cuidadas como se debe.



Este monumento tan significativo y representativo de Sebastián, coloca a Santa Catarina no solo como La Puerta de Monterrey, sino a Nuevo León y al Noreste Mexicano, desde 1985 ha sido testigo del crecimiento urbano desmedido hacia esa zona, de innumerables accidentes viales, del daño a su estructura pues lo mismo han subido vehículos a golpearla y de jóvenes que ven sus columnas una forma de dejar sus pintas con aerosol. Antes se podía ver desde ahí el majestuoso Cerro de la Silla y ahora dos grandes cadenas comerciales predominan en el paisaje urbano. El color original es el rojo, pero le dieron por pintarla de naranja, con las luces que la iluminan, con todo respeto parece una estructura de plástico y no de acero, símbolo de la fuerza y dureza de los nuevoleoneses. ¡Qué viva la Puerta a Monterrey!

Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.