domingo, 23 de julio de 2017

La comunidad de San Jerónimo de Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/

Quién dijera que una de las zonas comerciales y con corporativos y oficinas de Monterrey, fuera un día una comunidad agrícola. Es curioso pero los en los alrededores de Monterrey hay dos poblaciones con nombres de santos pertenecientes a la patrística cristiana como San Agustín y San Jerónimo. San Jerónimo de Estridón (347-420) tradujo la biblia del griego y el hebreo al latín. Es considerado padre de la Iglesia y uno de los cuatro grandes padres latinos. En honor a éste padre de la Iglesia hay una población muy importante y de las más antiguas de Monterrey junto con San Bernabé del Topo Chico y Los Urdiales; primero como lugar de paso de los colonizadores y luego como un importante centro agrícola.

San Jerónimo está situado al pie de la sierra de las Mitras y del río Santa Catarina, por eso se benefició por los escurrimientos que alimentaban los mantos acuíferos del sector. La gente de aquellos tiempos hablaba de la existencia de un jagüey. Creo que al menos hubo otro. A toda la comunidad se le puede limitar al poniente con el arroyo del Obispo  cuando se junta al Santa Catarina y al oriente con las inmediaciones del cerro del Obispado. Una parte de las tierras de San Jerónimo le fueron mercedas a Lucas García en 1596, luego a Alonso de Molina en 1608 que vendió a Diego Rodríguez. Este las pasó a su hija Mónica, casada con Miguel de Montemayor, ambos fundadores de la Hacienda de San Pedro Los Nogales a partir de 1624. Poco antes de morir declaró en su testamento cuatro caballerías de tierra que dejó en herencia a sus hijas Bernarda e Inés. En 1709 San Jerónimo pasó a ser propiedad de los hijos de Mateo Rodríguez y Leonor Fernández.

El 22 de septiembre de 1787, el bachiller Alejandro de la Garza, comisario del Santo Oficio de la Inquisición, cura interino, vicario y juez eclesiástico de Monterrey, vendió en 2 mil pesos al señor obispo fray Rafael José Verger, las tierras y aguas que integraban la capellanía fundada por María González Hidalgo y su esposo Antonio López de Villegas.  Se componía de seis caballerías de tierra con el agua que sale del potrero de Santa Catarina en la hacienda del mismo nombre. También tenía bajo su control, las partes de potrero y las demás tierras de agostadero alrededor del cerro de las Mitras, incluyendo dos caballerías de tierra en San Jerónimo.

El 5 de enero de 1832, llegó a Monterrey el religioso franciscano José María de Jesús Belaunzarán y Ureña, para tomar posesión de la diócesis que tenía tiempo de estar vacante. Venía en una pequeña carreta movida por una mula. La grey regiomontana lo esperaba con júbilo, cuando lo vieron le quitaron el animalito para empujarla ellos mismos. Desde entonces se le conoce como el arroyo del Obispo en honor al ilustre prelado que gobernó la diócesis hasta 1838. Precisamente en éste punto, Jacinto Lozano estableció unos molinos en 1841 a los que llamaron de Jesús María. Para cruzar de los molinos a San Jerónimo tenían que bajar por una pendiente complicada, que a fuerza de tanto ir y venir se hizo un vado, luego un puente de madera o simplemente bordeando sus lados. Cada vez que caían las torrenciales lluvias, el camino se interrumpía hasta por un mes. Las vías del tren se colocaron en 1882 y en 1883 construyeron el puente para el ferrocarril y desde 1935 la carretera que recorre hasta Saltillo.


San Jerónimo es un pueblo heroico. El 21 de septiembre de 1846, unos “Rangers texanos” al mando del capitán John Cofee Hays,  destrozaron al regimiento de los Lanceros de Jalisco al mando del general Anastasio Torrejón y Juan Nepomuceno Nájera.  Luego los del ejército norteamericano avanzaron hacia el Obispado por La Loma Larga para atacar un sitio que llamaban “Los Puertecitos” en donde estaba el Fortín de la Federación. Con ese triunfo controlaron las entradas y salidas por el camino a Saltillo, pues San Jerónimo era la única vía por la que Monterrey podría recibir auxilio del resto del país.

De acuerdo a testimonios de la época, el camino entre Monterrey y San Jerónimo estaba cubierto por una capa de tierra suelta de unos 15 centímetros, que al paso de las carretas formaban una espesa nube de un terregal que impedía la visibilidad. El polvo parecía talco  y cuando llovía se convertía en un lodazal que impedía el trayecto de los viajeros y jinetes. Pasando el arroyo del Obispo hacia Santa Catarina, el paisaje era más amable; había labores por ambos lados.  Como se advierte, San Jerónimo fue un lugar estratégico y de paso. Era el punto de convergencia con el camino del Topo, Santa Catarina y San Pedro con Monterrey. Lugar pintoresco repleto de huertas con nogales y aguacatales y campos donde sembraban maíz y frijol. Ahí don Jesús Llaguno estableció su residencia llamada Santa María. Una serie de casas diseñadas por el Arq. Guillermo González y construidas por el Ing. Juan Doria Paz, delimitadas por una barda de sillar que pertenecieron a la vieja fábrica de La Leona, ahora repleta de construcciones muy altas que alojan oficinas, hoteles y centros comerciales. Desde 1943 quedó unida a la colonia del Valle a través del puente Miravalle, nombre de la colonia que se estableció en sus campos de cultivo.

En el año de 1896 fue construida una capilla que albergó la devoción a María Santísima y era dependiente de la parroquia de la Purísima Concepción. Luego se hizo templo cuya hechura comenzó un señor de apellido Treviño Garza el 2 de enero de 1901. La primera piedra fue colocada el 24 de enero de 1901 por el padre Manuel P. Viramontes. Desde 1939 se le empezó a llamar Iglesia de Nuestra Señora del Carmen.  El templo actual comenzó a construirse cuando el entonces arzobispo de Monterrey, Alfonso Espino y Silva bendijo y colocó la primera piedra el 23 de julio de 1953 y que fue concluido el 21 de septiembre de 1965. Tiene categoría de parroquia desde el 4 de julio de 1962, quedando el padre Miguel Alanís Cantú como su primer párroco. Tres años después nombraron párroco al sacerdote Jesús Huerta. El 31 de Mayo de 1977 fue nombrado párroco el Pbro. David García Limón y recientemente el padre Miguel Neftalí González Pérez.  Las colonias que pertenecen a la parroquia son El Carmen, Fuentes del Valle, La Escondida, Santa María, Pedreras, Balcones del Carmen, Rincón del Valle, San Jerónimo, Miravalle y Sendero San Jerónimo.



Al frente del templo está el Colegio Mexicano. Esos terrenos pertenecían a la señora Angélica Quiroga de Treviño y a su hija Sor María del Verbo Encarnado que formaba parte de la congregación. En 1947 hicieron la donación y al año siguiente se hizo la bendición de la primera piedra por parte del señor Arzobispo Guillermo Tritschler. Luego un patronato formado por José Sada Gómez, José Maiz Mier y Ricardo Guajardo, junto con un grupo de bienhechores y donadores, aportaron para la construcción del plantel que opera desde 1951. Ya con el colegio, la colonia Miravalle y el puente que comunicaba hacia la colonia del Valle, detonaron el crecimiento en el sector. Muchos de los pobladores originales de San Jerónimo tenían nexos familiares con San Pedro, La Fama y Santa Catarina.  Ahora zona exclusiva con oficinas corporativas, clínicas y centros comerciales. Lamentablemente todas las construcciones originales del siglo XIX y parte del XX fueron destruidas. Lugar de paso entre Saltillo, Santa Catarina y Monterrey, pero repleto de historia que vale la pena conocer y apreciar.

sábado, 15 de julio de 2017

Si el estadio Tecnológico hablara, si el Cerro de la Silla nos contara

Antonio Guerrero Aguilar/

Con 350 alumnos y 14 maestros, el Tecnológico de Monterrey comenzó a impartir cátedras en 1943 en una casona ubicada cerca de la catedral. Al poco tiempo construyeron un campus, un espacio en donde se definió un estilo que unificara el paisaje con la naciente institución. Los insignes fundadores eligieron un predio al sureste, allá por el Ancón del Huajuco rumbo a la Carretera Nacional, precisamente al pie de la cordillera con la que todos relacionamos a Monterrey. Y vaya que el mejor sitio para apreciar la imponente belleza del Cerro de la Silla, está en el punto que eligieron para la sede del centro educativo en 1947. ¿Y saben por qué? Porque la mejor vista del cerro está desde el estadio y el mejor atardecer rumbo al poniente, a las Mitras, la M y la Huasteca se aprecia desde la tribuna de sol.


Una vez el gran Alfonso Reyes se refirió a la montaña distintiva de Monterrey: “Oh cerro mitológico, quien estuviera en tu cima, para admirar desde lo lejos al famoso tecnológico”. Una serranía que se puede ver desde distinto puntos, tan hermosa como emblemática: “y me deleité con el Cerro de la Silla, que cambia de colores con las horas, precioso amuleto de la ciudad” continúa el regiomontano universal. Otro poeta llamado Francisco de Paula Morales sentenció: “No hay cumbre como tú, que el sol tramonte”.

La institución quedó al amparo de una montaña. El alumnado creció junto con el número de docentes y administrativos. Para ellos destinaron esfuerzos y recursos para levantar aulas, talleres y demás espacios en donde los alumnos pudieran combinar aspectos de una formación integral. El campus Monterrey comenzó a operar en 1947. ¿Cuáles fueron los primeros edificios del campus Monterrey? Aulas 1 y 2, algunos talleres y laboratorios en los que ahora se levantan nuevos complejos de investigación y docencia, la “Carreta” de 1949, el estadio y el edificio de rectoría junto con la biblioteca Cervantina y el mural de Jorge González Camarena corresponden a 1954. Según Ricardo Elizondo, a la cafetería le llamaron la “Carreta”, porque parecía una ficha de dominó situada en medio de las Aulas 1 y 2.


Desde sus orígenes se formaron equipos representativos para las competencias, entre ellos uno de futbol americano al que llamaron desde 1945, los Borregos Salvajes. Pero necesitaban de una casa, un estadio en donde las competencias orientaran el espíritu deportivo de los estudiantes. Para ello se formó un patronato que coordinó la construcción del circuito, quedando como presidente Hernán Sada Gómez, en la vicepresidencia Fernando Von Rossum y Roberto Zambrano, como secretario el Lic. Roberto Guajardo Suárez y prosecretario Rodolfo Hernández Ochoa. En la tesorería Ignacio Martínez Jr. y el Lic. Alfonso González Segovia como protesorero, mientras que el C.P. Ricardo Medrano y Lic. Emilio Guzmán Lozano en las vocalías. La primera etapa del inmueble fue diseñada por el arquitecto Ricardo Guajardo, la cual comprende el primer nivel y las rampas de acceso, mientras que la Constructora Maiz Mier fue la encargada de llevar del plano a la realidad tan importante proyecto y dar cabida a 19 mil espectadores. Una vez concluida la obra, fue inaugurada el 17 de julio de 1950 por el presidente Miguel Alemán Valdés.

La segunda etapa fue realizada en 1965 por el arquitecto Eduardo Padilla, con la intención de dar cabida a poco más de 33 mil asistentes. Conviene señalar que la hechura de las dos etapas, fue financiada por la venta de palcos y asientos a permanencia. Y así como el campus crecía, el estadio también. En 1966 se le añadió la tribuna volada y en 1991 la superficie atlética de tartán, la primera en el país. Por su hechura, el Estadio ganó un premio por el diseño "World Arq" (1973).

Desde 1950 el recinto fue testigo recurrente de hazañas y eventos deportivos. Originalmente estaba previsto para ser la casa del equipo de fútbol americano, los Borregos Salvajes del Tecnológico de Monterrey, pero al poco tiempo permitieron que su cancha fuera escenario para el fútbol soccer. El 11 de diciembre de 1951 se jugó el primer encuentro con iluminación y el 2 de agosto de 1952 ocurrió el primer partido oficial entre el Club de Futbol Monterrey y el Veracruz, cuando aún estaban en segunda división. Ganó el Veracruz 3 a 1. En ese campo, los Rayados del Monterrey ganaron dos campeonatos de segunda división. También fue sede de un equipo de futbol llamado Club Deportivo Anáhuac y de algunos partidos de los Jabatos de Nuevo León.


El encuentro inicial en primera división ocurrió el 15 de julio de 1956. Las Chivas Rayadas del Guadalajara se impusieron 4 a 0. Otra fecha memorable para considerar: 27 mil espectadores acudieron al primer lleno en el graderío en un partido de futbol el 4 de marzo de 1972. Jugaron el Monterrey y el Cruz Azul. Hay aficionados que aún recuerdan los gritos y las porras que festejaron el triunfo del Monterrey con un marcador de 3 goles a 0. El 13 de enero de 1973, los Rayados se despidieron del Estadio venciendo al Zacatepec 1 a 0, para mudarse al Estadio Universitario. El Monterrey regresó a su casa un 20 de septiembre de 1980. Previo al Mundial de Futbol México 86, se hizo la herradura de la parte norte para aumentar su aforo a 38 mil aficionados de acuerdo a las exigencias de la FIFA, autorizando al Tec como sub-sede del Mundial de México 86. En ese verano, se jugaron tres partidos mundialistas, Inglaterra enfrentó a Portugal, Marruecos y Polonia.

El recinto ha sido testigo de los campeonatos de los Rayados: el del torneo México 86 el 1 de marzo de 1986. En 1991 se alzó con el trofeo del Torneo de Copa. El Campeonato de Apertura 2009, la Interliga en enero de 2010 y el de Apertura 2010. El 1 de mayo del 2013, el Monterrey ganó la Concachampions. Pero también hay momentos difíciles, cuando el 21 de mayo de 1993, Monterrey perdió la final en contra del Atlante 3-0, un juego inolvidable en donde la afición rayada puso la muestra de alegría que nunca dejó de apoyar a su equipo. Tampoco podemos dejar atrás los logros de los Borregos Salvajes del Tecnológico de Monterrey. La escuadra al mando de Frank González se llevaron varios clásicos estudiantiles contra los Auténticos Tigres de la UANL, así como los campeonatos de la Liga Mayor de la ONEFA en el 2001, 2002, 2005 y 2008, siendo imbatibles en el emparrillado del Tecnológico.


En ésta cancha se ha jugado una Copa del Mundo Juvenil en 1983, algunos partidos de Copa Libertadores y de CONCACAF, clásicos estudiantiles y futboleros y el famoso partido en contra del Real Madrid el 13 de mayo de 1990, que ganaron los del Monterrey. El último partido se jugó el 10 de mayo de 2015, con un empate de dos goles frente a los Pumas de la UNAM. Y en su pista de tartán, la bahamense Tonique Williams y Ana Gabriela Guevara corrieron los 400 metros de la Galatlética el 11 de mayo de 2005. Sin olvidar los grandes conciertos de Bon Jovi y U2, entre otras bandas más que cantaron desde el escenario que levantaron en la herradura.   El Estadio se va del paisaje, pero no en el recuerdo de una gran ciudad e institución, que vibraron en muchísimas ocasiones por los triunfos, los goles y los logros de dos aficiones que colocaron a Monterrey y al Tecnológico, en el escenario deportivo mundial.


Pero en su lugar, levantarán uno más acorde a las necesidades de la institución que se abre a todo el sector sur de la ciudad. Con menos capacidad, pero con la misma importancia y con la misma posibilidad de ver el paisaje de los alrededores. Las montañas ahí están y seguirán siendo testigos de las proezas y acciones que los alumnos y maestros del Tecnológico realizan en beneficio de la comunidad. 

Este artículo fue publicado en la Revista Campus Cultural del Tec de Monterrey, Campus Monterrey, No. 84, junio de 2017

domingo, 9 de julio de 2017

Las campanas de Santa Catarina

Antonio Guerrero Aguilar/

Dicen que los malos deseos son como las llamadas a misa, solo las atiende quien quiere. Pero debemos aprender a escucharlas pues representan a los signos de los tiempos.


Decían que las mejores campanas se hacían en la región de Campania al sur de Italia. Por eso les llamaron así. El tañer de las mismas tiene un rico lenguaje. Con ellas se lloraba a los muertos, disipaba a los relámpagos, anunciaba el día del Señor, animaba al perezoso, dispersaba los vientos y apaciguaban a los sanguinarios. Señalaban las horas y también anunciaban episodios y revueltas. Era recordatorio para la reunión del pueblo entero y hay de aquel que no acudiera a su llamado. Durante mucho tiempo las campanas suplieron al radio de nuestros tiempos.


Como la voz humana no se podía escuchar en todos lados, a través de los campanarios se pregonaba los días cívicos y fiestas de guardar. Daban la hora, pedían ayuda para apagar a un incendio, avisaban cuando se acercaba un enemigo, llamaban a los hombres a las armas y los citaban al trabajo; los enviaban a recogerse en sus casas y recordaban cuando debían acostarse. ¿Por quién doblan las campanas?  Doblaban por que daban la vuelta. Por y con tristeza por la muerte de un ser querido en la comunidad. Pero también expresaban la alegría pública. Y teníamos unas campanas que se oían en la sierra y en todo el valle de Santa Catarina. Algunos recuerdan su mensaje hasta Rinconada.

Una campana es la voz de Dios. Cuando suenan es el Padre eterno quien invoca y la asamblea convoca como parte de su pueblo. Desde el medioevo se relacionan con la Iglesia y sus templos. Los campanarios son torres que indican al cielo y a la divinidad. Pero también los hombres se llaman entre sí. Cuando se tocaban, dividían los tiempos de la comunidad: para levantarse, comer, dormir y trabajar. Cada vez que había un problema en la comunidad, un responsable hacía tañer las campanas para que todos en solidaridad apoyaran a quien lo necesitara. Antes de campanario había la espadaña, como construcción regularmente triangular que nos recuerda a la Santísima Trinidad y en la cual había unos huecos para los instrumentos, como por ejemplo,  la que tienen en el templo de San Carlos en Vallecillo.


Cuando la situación económica cambiaba se hacían los campanarios, pero no los terminaban pues decían éstos deben acabarse con el fin de los tiempos. Por eso vemos en las fotos y grabados las torres mochas. Aquí en Santa Catarina teníamos la campana mayor dedicada a María Santísima. Dicen que su calidad del metal era tan buena que fácilmente se oía en el valle como adentro del cañón. De tanto tañerla la campana se abrió y hubo necesidad de repararla. Vinieron para bajarla, se la llevaron pero ya no sonó igual. Se hizo gracias al apoyo de la familia González Steel y de los Audifred en la década de 1960. Siempre se dijo que tenía una aleación especial con plata y oro. Otra la vez la campana se dañó y volvieron a repararla en 1987. Y tampoco sonó igual. Y hace poco les dio por limpiarlas y perdieron más su sonido característico.

En 1872 los vecinos de Santa Catarina compraron un reloj para colocarlo en algún lugar visible. Para ello mandaron construir un campanario. Llegaron contribuciones de distintos lugares y hasta se organizó una corrida de toros. La torre seguía en construcción y una vez concluida, Marcelino Tamez instaló la maquinaria para el reloj el 22 de julio de 1879. El campanario consta de dos cuerpos: la base hecha con piedra azul de la sierra Madre de Santa Catarina y el segundo con sillares. Se compraron campanas y unas vigas para sostenerlas. Toda la obra costó 680 pesos y fue inaugurada en 1881. Un informe de 1912 nos dice que la torre del campanario es de cal y canto y de orden toscano; con una altura aproximada de 16 metros. El  párroco continúa con la descripción: “tiene un reloj público, con cuatro campanas, una grande, dos chicas, una mediana y dos esquilas medianas. La cúpula del campanario tiene una forma piramidal algo abombada que remata en su cúspide con una cruz”. La escalera de madera en forma de caracol fue concluida el 25 de julio de 1902 por Reginaldo Castañeda. El reloj debió cambiarse en 1937, 1955 y 1964. Quienes daban mantenimiento para su funcionamiento fueron R. López, José Luis Urdiales y Roberto Páez. El padre Antonio Portillo le dio mantenimiento y funcionó durante la década de 1990. 


Por cierto, quien mantenía los relojes tanto del palacio como del templo era la misma persona y una ocasión vieron que se llevaba las piezas para ponerlas en el reloj del palacio. Ahora ninguno de los dos relojes públicos funciona, lo cual es muy lamentable. Durante la década de 1910 se hacía una llamada a las 8 de la noche para que todos se guardaran a sus casas y a las 10 para que se fueran a dormir. Por costumbre, se llama tres veces a misa antes de que comience. Para un difunto se hacía el doble: uno y dos tañidos lastimeros. Ya no lo hacen.  Ahora el campanero llama a las 12 del medio día para rezar el Ángelus.

Tenemos uno de los campanarios más altos. Un distintivo en el paisaje de La Fama, es una torre campanario de 40 metros perteneciente a la parroquia de San Vicente de Paúl. Construida en la década de 1960 por los mismos constructores que levantaron el campanario de la basílica de nuestra Señora del Roble en Monterrey. A veces estaban en La Fama y luego acudían al Roble a proseguir con las obras. Y algo tenían de razón, pues los diseños arquitectónicos de los templos del Roble, San Vicente de Paul y la Medalla Milagrosa pertenecen a Lisandro Peña (1910-1986) a quien también debemos los cines teatros Elizondo y Florida ya desaparecidos. Al arquitecto le gustaba recubrir los muros con la llamada “piedra de Vallecillo”. La estructura  del templo del Roble, realizada en la década de 1950 consta de tres elementos principales: el pórtico, las tres naves que forman el cuerpo y el campanario reloj con 75 metros de altura; la cual es similar a la del templo de San Vicente de Paul en la Fama.



La primera renacentista y la de la Fama apegada al estilo románico. Las torres campanarios de El Roble y San Vicente nos recuerdan a las torres gentilicias de origen medieval de Bolonia, Italia llamadas Garasenda y Asinelli. Los motivos por los que se levantaron tantas torres en Bolonia no están claros. Se tiende a pensar que las familias más ricas de la ciudad, en una época marcada por las luchas entre las facciones adeptas al papado y al imperio, las utilizaron como un instrumento de ataque y defensa, y sobre todo, como símbolo de poder. Hoy los campanarios son símbolos de dos templos y de un barrio y de un pueblo: el Roble y La Fama. 

domingo, 2 de julio de 2017

De San Isidro de los Guerra a Valle Poniente

Antonio Guerrero Aguilar/

Entre San Pedro y San Isidro de los Guerra, la otra banda del río situada al pie de la sierra de la Huasteca. La de tres acequias que regaban sus campos. La de grandes y fuertes mezquites, anacuas y huizaches. Parajes repletos de verdor. Ahí donde Santa Catarina, San Pedro Garza García, la Fama, la Leona, la Huasteca y la Banda coincidían. Tierra de leyendas y de cuevas ocultas repletas de tesoros. De seres extraordinarios que se aparecían por las noches.  Un río que a la mínima provocación se salía de su cauce, con lugares idóneos para el descanso y meterse a nadar. La de las fincas de gente ilustre. Un aguacatal en donde había frutas de lo más diverso y en donde la señora Consuelo Lagüera de Garza Sada sembraba y cuidaba rosales. La que solo se podía acceder por un camino al borde del río, por el vado Zaragoza en La Fama, por el vado al Blanqueo y por la Huasteca. Y don Eugenio Garza Sada compró un derecho de paso en los Treviño, por entre Alen y Jacuzzi para llegar al Aguacatal. Ese camino fue vendido por unos insensatos como si fuera de unos cuantos y cerró el acceso desde Díaz Ordaz hasta el Blanqueo. Ahora Valle Poniente.


En 1716 el sacerdote Rodrigo de Arizpe, vendió la hacienda de San Isidro al capitán Juan Guerra Cañamar, originario de Santa María de los Lagos, actual Lagos de Moreno, en donde aún hay muchos Guerra.  A mediados del siglo XVIII, la hacienda pasó por herencia al capitán Andrés Guerra, hijo de don Juan Guerra; cuyo padre era otro Juan Guerra y de María Cavazos. Estuvo casado con Juana Flores de Abrego, hija de Bernardo Flores de Saltillo y Josefa Fernández de Rentaría de Pesquería Grande.  Desde entonces comenzó a llamársele San Isidro de los Guerra. La propiedad abarcaba desde el arroyo de la Escondida hasta donde terminaba la Sierra de la Huasteca, (nombre original de la M) en donde estaba una casa de piedra que llamaban la Garita y actualmente están las albercas. También le llamaban La Banda, por estar situada a la otra banda del río Santa Catarina.  Un hijo de nombre Andrés se casó en primeras nupcias con Beatriz de Morales originaria de Saltillo, procreando a Antonio, Clara y  María y luego se casó con María Flores de Abrego, procreando a su vez a Bernardo, Crineo, Andrés, José, Domingo, Ana María y Gertrudis. Ana María se casó con Juan José de Abrego y Gertrudis con Pablo Treviño, vecino de la Pesquería Grande, hijo de Alonso de Treviño y Mariana de la Mota. Ellos tuvieron por hijos a Albino, María Gertrudis, María de los Dolores, Pedro José, María Francisca, María Teresa, José Francisco, María Josefa, María Ignacio, José Antonio y José Santiago quienes establecieron la comunidad de Los Treviños. Los Ábrego Guerra fundaron la hacienda de Ábregos origen actual de La Fama.  De todos ellos provienen los Guerra de Santa Catarina y que se repartieron para otros rumbos.


De pronto una extensión de Santa Catarina dio origen al llamado Valle Poniente.  El municipio de San Pedro Garza García tiene apenas una extensión territorial de poco más de 73 kilómetros cuadrados (el segundo más pequeño de todo Nuevo León) y es uno de los más densamente poblados. Ya no tiene zonas para donde crecer. Los inversionistas y desarrolladores vieron la oportunidad de urbanizar un sector compuesto por 300 hectáreas situadas entre la Universidad de Monterrey y la Huasteca. Un lugar en donde los vecinos tuvieran a su alcance los servicios y el desarrollo similar al de municipio con el mayor índice de desarrollo en México. Para ello necesitaban polos de atracción. Desde la década de 1980 la Universidad de Monterrey, en 1991 la ampliación de la avenida Morones Prieto hasta la Huasteca; en 1996 la preparatoria del Tec de Monterrey y el colegio Americano. Luego vino el Nezaldi, el Sierra Madre, la Facultad Libre de Derecho y el CEDIM así como el instituto Americano aunque estos situados uno en el Lechugal y el otro en Santa Catarina. Las escuelas trajeron colonias y grandes centros comerciales. Y obviamente mejores servicios públicos, bueno, no para todos. Si había un Valle Oriente, pues Santa Catarina tendría su Valle Poniente, al que paradójicamente hacen de Monterrey y no de nuestra municipalidad. Un sector con una avenida eje llamada Cordillera, con las residencias estudiantiles y el famoso Centro Roberto Garza Sada con la monumental obra de Tadeo Ando en la UDEM, colonias residenciales como Kerenda, Ollinca, Cordilleras Montañas, edificios como la torre Loft, el nuevo consulado norteamericano y grandes centros comerciales.  Ya estando cerca les gustó la Huasteca y el cañón de Santa Catarina: valle de Reyes, la autopista y más centros habitacionales. Es admirable como ha cambiado todo en apenas 20 años.

La antigua hacienda de San Isidro de los Guerra conocida en el siglo XIX como La Banda, comenzaba en la Escondida y terminaba en la Huasteca. La Escondida a partir de 1883 fue el punto limítrofe entre Garza García y Santa Catarina. En el segundo tercio del siglo XX, ilustres familias regiomontanas compraron algunas hectáreas de terreno como José y Nora Calderón, Eugenio Garza Sada y Gregorio Garza Elizondo.  De la Escondida a la Barrica estaban las propiedades de José y Nora Calderón. La finca de descanso de don Pepe fue construida en donde ahora está la rectoría de la UDEM y la de doña Nora en donde está la prepa Tec.

Posiblemente la mojonera que divide a los municipios, -situada en Morones Prieto-, en realidad era el punto limítrofe entre los terrenos de los dos hermanos. Cabe la posibilidad de que el campus de la UDEM en un principio haya pertenecido a Santa Catarina y que en 1982 los límites fueron modificados. Don Eugenio Garza Sada y su esposa doña Consuelo Lagüera compraron la finca conocida como El Aguacatal, la cual era atravesada por tres acequias. Ahí el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez construyó una bellísima casa de campo que quitaron al construir la torre de 26 pisos. En frente de La Huasteca, el industrial regiomontano don Gregorio Garza Elizondo, (1904-1980) casado con Margarita Berlanga en 1938, estableció una finca de descanso en la antigua Congragación de la Banda en 1942. Participó activamente en la década de 1950 para la electrificación del lugar. Hasta 1990 solo habitaban el sector las colonias San Isidro, la Banda, la Fortaleza, la Barrica, la Jesús M. Garza y los areneros quienes consiguieron permiso federal para habitar en la margen sur del río Santa Catarina.



Y ahora van sobre la montaña que Juan Andrew Almazán llamó de Anáhuac. Es alarmante ver que están preparando terrenos en pendientes inclinadas con riesgo a colapsarse. Dicen que en Monterrey, las clases necesitadas se apoderan de los ríos y de las faldas de las sierras, mientras que los de buena posición, lo hacen de las zonas altas de las mismas. Al margen de tal concepto, evitemos la depredación de nuestras áreas naturales. Ya no juguemos con las zonas protegidas que nos distinguen, pero sobre todo, regulan el régimen térmico y nos dan agua.

domingo, 25 de junio de 2017

Leonardo Márquez, entre matar y traición

Antonio Guerrero Aguilar/

El 8 de enero de 1820 nació en la Ciudad de México, un personaje a quien con el tiempo se le llamó con cierto temor y aire de desprecio el “Tigre de Tacubaya”. Apenas dos días después fue llevado a recibir las aguas bautismales y se le impuso el nombre de Leonardo Teófilo Guadalupe Ignacio del Corazón de Jesús. Fueron sus padres Cayetano Márquez, en ese tiempo sargento primero del Batallón de Querétaro y María de la Luz Araujo. Su padre mantenía buen historial como soldado: hizo campaña en Chiapas, luego participó en las armas nacionales para evitar que los españoles al mando de Isidro Barradas ingresaran por Tampico en 1829. De ahí siguió hasta los desiertos de Coahuila y Tejas para pelear contra los separatistas y filibusteros texanos y hacer frente a las incursiones de los llamados indios bárbaros.

Don Cayetano aprovechó el puesto que le dieron en la Compañía Presidial de Lampazos, para iniciar a su hijo Leonardo en la carrera de las armas. Por ese tiempo el jefe militar de la región era el general Manuel Mier y Terán que llegó en enero de 1828, para promover la población en Texas, la defensa de las incursiones de los indios bárbaros y evitar la penetración anglosajona en la región. Por situaciones algo confusas, Mier y Terán se suicidó el 3 de julio de 1832 en Padilla, Tamaulipas.

En ese tiempo para ser cadete, los aspirantes ingresaban a alguno de los cuerpos del ejército. Los jóvenes recibían adiestramiento militar, práctico y táctico, así como de conocimientos generales en matemáticas y lengua nacional de parte de un “maestro de cadetes”. Según la aptitud de los discípulos, eran promovidos a la clase oficial.

Da la impresión de que la infancia de Leonardo Márquez inspiró al gran Manuel Payno, quien alguna vez se refirió a Pedro Cataño, uno de los protagonistas de la novela “Los bandidos de Río Frío” y que se supone, también sirvió en la Compañía Presidial de Lampazos. Para tener una idea, leamos algo al respecto: “Y luego que tuvo la edad suficiente fue enviado a un colegio de México y después a servir en la frontera, en las montañas presidiales a las órdenes del viejo veterano don José Juan Sánchez: tuvo que entrar en el desierto y buscar a las tribus de lipanes que atormentaban a los prisioneros”.

En la hoja de servicios de Leonardo Márquez, se hace constar que fue cadete de la Compañía de Lampazos del 15 de enero de 1830 al 31 de mayo de 1832; un total de dos años, cuatro meses y 16 días. En Lampazos mostró buena disposición y amor a la carrera de las armas. Luego fue promovido como cadete del Batallón Activo de Querétaro en donde permaneció por espacio de cuatro años. Para 1847, el año en que las tropas de Winfield Scott cayeron sobre México; Márquez con tan solo 27 años tenía el grado de comandante de batallón.

Con el correr del tiempo, el niño que llegó a Lampazos para combatir a los indios bárbaros, filibusteros y contrabandistas, se convirtió en el sanguinario Leonardo Márquez, a quien vemos en los sonados fracasos y situaciones de Ayutla, la Reforma, la intervención francesa y el Imperio. Por su aspecto, lo compararon como una especie de buitre jugando a la lotería a ver que sacaba y ganaba. Alguna vez Félix Zuloaga dijo: "Su huella aún se conoce a la larga distancia, allí donde hay desolación y lágrimas, donde la barbarie se ha cebado en alguna víctima, por allí, sin duda, ha pasado el general Leonardo Márquez”.


Cuando triunfó la revolución de Ayutla en 1854, se ocultó y preparó su exilio. Regresó a México tres años después, fue gobernador y jefe militar del estado de Jalisco. Ahí ordenó el asesinato de un estadunidense y provocó un incidente diplomático en el momento menos adecuado. En abril de 1859 derrotó al jefe liberal Santos Degollado cerca de Tacubaya. Después de la batalla ordenó el fusilamiento de los oficiales, heridos e incluso de algunos civiles y los médicos que los atendían. A los muertos se le recuerda la como “Los mártires de Tacubaya”. Y Márquez se ganó el mote de “El Tigre de Tacubaya”. Muchas de las acciones de guerra que son consideradas como injustas y sanguinarias, fueron hechas por sus tropas; como la del asesinato de Melchor Ocampo, Santos Degollado y Leandro Valle. Al triunfo de los liberales, estuvo en la cárcel acusado por malversar fondos.

Al salir de la prisión continuó en la carrera militar. Siempre peleando contra los considerados héroes de la República. Mandaba 2 mil 500 hombres cuando se unió a las tropas imperiales. Cuando Maximiliano llegó en 1864, le advirtieron de lo que Márquez era capaz de hacer y en consecuencia le dio una misión diplomática en Constantinopla. Márquez regresó a México en 1866, y fue llamado por el emperador para combatir a las fuerzas republicanas junto con Miguel Miramón. Márquez rompió el Sitio de Querétaro en marzo de 1867. Ahí Maximiliano lo nombró jefe del Estado Mayor y General en Jefe del Ejército Imperial. Pidió  su salida, prometiéndole al emperador regresar con refuerzos. Pero nunca volvió. Maximiliano, Miramón y Mejía murieron fusilados; mientras “El Tigre de Tacubaya” se ocultó por seis meses en la casa de unos amigos en la Ciudad de México. Al menos tuvo más suerte que Santiago Vidaurri a quien capturaron y luego fusilaron el 8 de julio de 1867. Para escapar con rumbo a Veracruz se disfrazó de arriero y así pudo abandonar el país en un barco en el cual servía de marinero. Cuentan que poco antes de abordar la nave, estuvo en frente de Porfirio Díaz que no le reconoció. Para los liberales y conservadores se convirtió en un doble traidor: a la Patria y a la causa de Maximiliano. Por eso sentencian que debió ser ahorcado dos veces: una por los republicanos y otra por quienes apoyaron al Imperio.


Estuvo en Nueva York para luego fijar su residencia en La Habana, Cuba. Pasado el tiempo, Márquez pensó que era tiempo de regresar a su nación. En 1895 pidió apoyo a Manuel Romero Rubio, suegro y secretario de Gobernación de Porfirio Díaz. Obtuvo el indulto y el permiso para regresar. Desembarcó en el puerto de Veracruz en mayo de 1895. Su traslado a la Ciudad de México estuvo repleto de problemas y peligros. Llegó casi a escondidas. En tono de queja replicó: “No entiendo”, “Solamente regreso a vivir en mi patria mis últimos años”. Y era el único de los perdedores de la Reforma y el Imperio que seguía con vida.


Lamentablemente al poco tiempo de su llegada, murió Romero Rubio en octubre de 1895. Márquez padeció las agresiones de la prensa que buscaba la oportunidad de denostarlo y de aquellos que perdieron la vida de un familiar durante un acto de barbarie atribuido al “Tigre de Tacubaya”. No aguantó la presión. Mientras vivió en la Ciudad de México, cada Jueves de Corpus dejaba una corona de flores en la tumba de su amigo don Manuel Romero Rubio. Se fue de México en 1910 y volvió a La Habana. Paradojas de la historia, el último de los generales conservadores, el más duro, el más cruel, el que mayores deudas de sangre cargaba en sus espaldas murió en su cama el 5 de julio de 1913. 


Alguna vez le confió a alguien: “Yo, por fatalidad, he hecho todo en mi vida, me arrastra”. Añadió: “Ah, si no ha sido por esa fatalidad sería agricultor ricachón, porque le gusta trabajar, andando al Sol, a caballo, mojándose, cansándose”.

domingo, 18 de junio de 2017

Piedras Negras: la puerta de México

Antonio Guerrero Aguilar/

El franciscano Juan de Larios avanzó al norte,  más allá de lo que una vez fue la Nueva Almadén, actual Monclova entre 1674 y 1679. Llegó hasta el Río Grande; en donde estableció algunas misiones, congregando a varias naciones indígenas. Con la fundación efectiva de la villa de Santiago de la Monclova el 12 de agosto de 1689, fue posible establecer pueblos, presidios y misiones más al norte.


En lo que actualmente es el municipio de Piedras Negras, había un presidio al que llamaron Monclova Viejo. En 1701, una compañía militar se quedó en un presidio y misión que llamaron de San Juan Bautista y al año siguiente, el capitán Diego Ramón y fray Alonso González, apoyaron otra misión dedicada a San Bernardo, cercanas al paso llamado de los franceses en el Río Grande. Pronto la región llegó a consolidarse como punto esencial para los proyectos de pacificación y población en Texas. En la segunda mitad del siglo XVIII, el límite de Texas con las provincias del Nuevo Santander y Coahuila era el Río Nueces.

Después de los Tratados de Guadalupe Hidalgo, el 2 de agosto de 1848, el gobierno de los Estados Unidos, dispuso la formación de puestos militares a lo largo de la frontera, con la intención de proteger sus intereses en los territorios recientemente anexados. En un sitio conocido como el Paso del Águila, establecieron el fuerte Duncan. Fue cuando el entonces presidente  José Joaquín Herrera autorizó la creación de colonias militares a lo largo del río Bravo con el fin de proteger la frontera norte de México e iniciar poblados en la zona norte del país, en los límites del Río Bravo. En ese tiempo, la región se le conocía como Distrito del Río Grande.


La Comandancia General de las Colonias Militares de Oriente, decidió el establecimiento de una colonia militar en el paso de Piedras Negras, llamada así por los ricos yacimientos de carbón que hay en el subsuelo. El 15 de junio de 1850, José Manuel Maldonado y los capitanes José María Andrade y José María Sáenz junto con 56 vecinos, fundaron la villa de Herrera, en honor a José Joaquín de Herrera. Eligieron como su primer alcalde a Luciano de la Cerda y como síndico Antonio Arredondo. El 14 de agosto de 1850 quedó formalmente establecida  la Colonia Militar de Guerrero en Piedras Negras, por lo que la Villa de Herrera quedó fusionada a la nueva colonia militar.

En agosto de 1855 desapareció la colonia militar al crearse la villa de Piedras Negras. Tiempos difíciles para la región norte de Coahuila, que sufrió invasiones de filibusteros texanos quienes incendiaron y saquearon la población, además de múltiples incidentes con los militares del Fuerte Duncan. Fue cuando el poder económico y político se trasladó de Río Grande (en el actual Guerrero) a Piedras Negras el 26 de agosto de 1856 que se benefició con la aduana.

En 1857 Santiago Vidaurri, aprovechando la situación por controlar a la aduana, buscó la anexión de Coahuila con Nuevo León. Por Piedras Negras se comerciaba el algodón, los alimentos y las armas que apoyaron a la guerra de los Tres Años o de la Reforma y posteriormente para fortalecer a los estados sureños durante la guerra civil norteamericana. El algodón sureño entraba por Piedras Negras, llegaba a Monterrey y de ahí lo trasladaban hasta Matamoros, Tamaulipas para sacarlo con rumbo a Inglaterra.

Es cuando surgen las primeras fábricas de hilados y tejidos en la región. En 1864 se promulgó la separación del estado de Coahuila al de Nuevo León y por ende la nueva constitución política dividió el territorio del estado de Coahuila en cinco distritos, nombrando como cabecera del distrito de Río Grande a Piedras Negras. Fue cuando la región fue testigo de los intentos franceses por controlar la zona, que se detuvo después del enfrentamiento el 4 de abril de 1865 en Gigedo.


En 1883 Piedras Negras quedó unida por el ferrocarril a muchas ciudades del país como de Texas, convirtiéndose en un verdadero polo de desarrollo regional, alcanzando la categoría de ciudad el 1 de diciembre de 1888, cambiando su nombre por Porfirio Díaz. En 1894 le fue anexada la Villa de Fuente y el 2 de febrero de 1902, don Porfirio Díaz estuvo en la ciudad. Tiempos de halagos y reconocimientos, a tal grado que Candela también alcanzó la categoría de ciudad en 1890 con el nombre de Romero Rubio, en señal de respeto hacia la esposa de don Porfirio.

Simbólicamente Francisco I. Madero entró por Ciudad Porfirio Díaz para iniciar la lucha armada un 20 de noviembre de 1910 y el 1 de junio de 1911, comenzó su campaña rumbo a la presidencia de la República. Don Venustiano Carranza, siendo gobernador del Estado, decretó el cambio de nombre a la ciudad para regresar a su antiguo nombre de Piedras Negras. Aquí en Piedras Negras pasó su infancia don José Vasconcelos. Tierra de gente buena y trabajadora, de mujeres bellas y de señoras que se jactan de hacer las mejores tortillas de harina y el cabrito en el noreste mexicano. Aquí comenzaron a prepararse los famosos “nachos”. Probablemente aquí surgió el mito gastronómico y cultural que divide a México en Aridoamérica y Mesoamérica: “donde termina el guisado y comienza la carne asada, ahí termina la civilización”.

Una ciudad la cual ha sido destruida por incendios, inundaciones y hasta tornados. Una ciudad eje en la cual coinciden los municipios de la región de los cinco manantiales con la zona fronteriza de Coahuila. Una ciudad bella, que dista mucho de ser una típica urbe fronteriza de México. Yo quiero mucho a Piedras, pues ahí pasé el verano de 1979, cuando mi papá trabajaba en una constructora en la Minera Carbonífera Río Escondido. Ahí conseguí mi primer trabajo. Por eso, es un honor regresar y recrear paisajes que viví hace ya tiempo, especialmente en la antigua estación de Río Escondido. Larga vida a Piedras. 

¡Ajá!

domingo, 11 de junio de 2017

El Mariachi como patrimonio de México para el mundo

Antonio Guerrero Aguilar/

En el mes de noviembre de 2011, la UNESCO declaró al mariachi como patrimonio inmaterial de la humanidad. Ante tal declaratoria, conviene presentar algunas precisiones al respecto. Primero, demostrar mi total reconocimiento y alegría por la misma. Ahora para hacer justicia completa, nos falta que reconozcan como tal a la comida y gastronomía mexicana, al igual que algunas lenguas indígenas que están a punto de desaparecer.


En algunos casos, las declaratorias por parte de la UNESCO se hacen como una forma de advertir el riesgo que corren por desaparecer. Por eso, el 2 de septiembre de 2012, en la ceremonia oficial que se hizo en Guadalajara, había ocho niños vestidos de mariachi y en el mensaje se les dijo que el reconocimiento era un signo para que la música nunca dejara de tocarse, en especial con las nuevas generaciones. El patrimonio cultural puede ser tangible como intangible, material como inmaterial, físico como espiritual. El primero corresponde a todo aquello que se puede tocar y por naturaleza es visible. Lo segundo no se puede ver o tocar, más no obstante ahí permanece. En el conjunto tangible cabe todo lo arquitectónico, artístico, material, visible existente. Entre lo inmaterial corresponde todo aquello que por su naturaleza puede ser susceptible de modificarse para mal y desaparecer en consecuencia, como las leyendas, tradiciones, costumbres, artesanías y otras cosas que corren el riesgo de perderse en consecuencia de que ya no haya quien las ejerza o realice.

Entonces es inadecuado pensar que la música mexicana interpretada por mariachi, es algo susceptible a desaparecer, pues más que nunca vemos como hay grupos musicales en casi todos los lugares del mundo. Tal vez el único riesgo visible que se pueda dar, es la falta o carencia de intérpretes como en su tiempo lo fueron Tito Guízar, Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis Aguilar, Javier Solís, Antonio Aguilar, Miguel Aceves Mejía o Demetrio González por tan solo citar alguno de ellos; incluso de compositores como lo fueron en su tiempo Pepe Guízar, José Alfredo Jiménez, Cuco Sánchez, Ferrusquilla, Felipe Valdés Leal entre otros insignes creadores y arreglistas. Tenemos música con mariachi, pero actualmente escasean los intérpretes como los compositores. De los nuevos solo destacan los Fernández, Pepe Aguilar y Alejandra Orozco. No tengo más referencias, han de disculpar.


Reconocer al mariachi como patrimonio mundial por parte de la UNESCO, es aceptar la universalidad y riqueza de la cultura mexicana. Siempre se ha dicho que México es una potencia de primer orden en asuntos y temas históricos como culturales. Son tas pocos pueblos de la humanidad que se pueden jactar de contar con una riqueza milenaria que nos coloca entre las naciones con mayor tradición en el mundo. Y todo porque en ésta nación se conjuga el pasado prehispánico que oscila entre los 9 mil años antes de Cristo hasta la llegada de los pobladores ibéricos. Hace medio milenio, el virreinato de la Nueva España se enriqueció y sintetizó la cultura occidental con estilos renacentistas, barrocos y neoclásicos; con elementos y rasgos indígenas como africanos.  En la cultura y la gastronomía se conjugaron múltiples razas y etnias para dar origen a una sola, a la cual José Vasconcelos llamó orgullosamente la raza cósmica.

De ibéricos, africanos e indígenas nació el mexicano. El ibérico propiamente no tenía una pureza racial o cultural. Tenía raíces celtas, ibéricos, romanos, griegos, fenicios, hebreos sefarditas y nómadas africanos que se pasaron a Europa por el estrecho de Gibraltar. Los europeos trajeron africanos para trabajar en los duros espacios de la minería. Los pueblos indígenas a su vez estaban divididos en numerosos grupos; como los mayas y huastecos por un lado, los mexicas más ligados con grupos chichimecas y nicaragüenses, los tarascos con fuertes lazos con la cultura andina. En México la cultura es híbrida por naturaleza. No es pura, es sincrética y amalgamada en un crisol de naciones, etnias, historias, tradiciones y costumbres. Así nació México. Por eso su patrimonio es reconocido, admirado y difundido en todo el orbe.

Es excelente que la UNESCO considere al mariachi como patrimonio mundial intangible o inmaterial de la humanidad. Se trata ni más ni menos, de una instancia que forma parte de la Organización de las Naciones Unidas, cuya labor es la educación y la cultura de todos los pueblos. El patrimonio es el legado, la herencia, el conjunto de rasgos y elementos ya físicos o inmateriales que se dejan a los individuos para enriquecer a la sociedad y ésta continúe reflejando su esencia a través del tiempo. A decir verdad, no creo que su designación de inmaterial desaparezca,  puesto que hay muchos músicos que se dedican a tocar ésta música en donde predominan las cuerdas, las trompetas y el canto. La música con mariachi es tan versátil que con los instrumentos representativos se puede tocar cualquier tipo de género musical. Es más, sabemos que hay mariachis hasta en los lugares más alejados y distintos de nuestra cultura musical. Hay mariachis en Japón, Estados Unidos, Centro y Sudamérica, Europa y otros países que se vuelven alegres y contentos con tan solo escuchar nuestra típica música tradicional del mariachi.

La palabra mariachi puede tener muchos significados con origen cultural e histórico distinto. Dicen que viene de la lengua otomí y significa “día de fiesta”. Para otros viene de un cántico dedicado a la virgen María, que mezclaba el náhuatl, el latín y el español: “María ce son”, que significa “María te amo”. Otros encuentran su origen en los regimientos franceses que recorrieron las regiones de Jalisco, Colima y Nayarit. Llegaron a una celebración y vieron a un grupo de puras cuerdas amenizando. Cuando les preguntaron que era, les dijeron: “C´est un mariage”,esto es una boda”. O que la palabra mariachi es de origen coca y que de ahí viene el nombre de Cocula. Hasta una estrofa lo señala: “De Cocula es el mariachi”.  Su lugar de origen puede estar entre Nayarit, Colima y Jalisco. En Jalisco se disputan su origen Teocatltiche, Cocula y los Altos de Jalisco, allá por San Juan y Lagos de Moreno. Originalmente predominaban las cuerdas, hasta que en la época del cine de oro nacional, se usaron trompetas para darle fuerza y singularidad, en especial con Pedro Infante y Javier Solís.



La música con mariachi suena con el alma y con el corazón. Los lugares más propicios y emblemáticos para escucharlo, están en el mercado de San Juan de Dios en Guadalajara, en San Pedro Tlaquepaque o en la plaza Garibaldi en la Ciudad de México. Con tequila, con birria, con unos tacos, con los amigos y los seres queridos. Para mí escuchar la música del mariachi, no tiene comparación frente a la catedral de Guadalajara y escuchar la bella canción de Tito Guízar dedicada a la Perla de Occidente. O en alguna película mexicana en donde Demetrio, Antonio Aguilar, Javier Solís o Miguel Aceves Mejía, levantan la mexicanidad a través de la música y del canto con mariachi. Por eso: ¡Qué viva México a través de su música y de sus canciones!  

Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.