domingo, 22 de abril de 2018

Santa Catarina, la Puerta a Monterrey


Antonio Guerrero Aguilar/

El domingo 10 de marzo de 1985, el entonces gobernador de Nuevo León Alfonso Martínez Domínguez, inauguró en Santa Catarina la monumental escultura del artista Sebastián llamada “la Puerta de Monterrey”, donada por el escultor y promotor cultural Generoso Villarreal. Con 17 metros de altura y 14 de ancho, un peso estimado de 60 toneladas, la obra de arte asemeja una puerta que da la bienvenida a quienes llegan por la carretera que baja desde Saltillo. Está colocada sobre una plazoleta exactamente en donde inicia el acceso a Santa Catarina. Curiosamente en esa ocasión estuvieron Oscar Herrera y Gilberto Treviño Montemayor, alcaldes de Monterrey y de Ciudad Guadalupe respectivamente, pero no estuvo presente Juan Francisco Caballero Escamilla, entonces alcalde de Santa Catarina. Días después el presidente Lic. Miguel de la Madrid Hurtado, en un acto simbólico, entregó al pueblo de Nuevo León la llamada Ruta Escultórica del Acero y del Cemento, entre las que se hallaba la “Puerta de Monterrey” y otra ya desaparecida que nombraron el monumento a la Constitución, colocada en una jardinera en dónde comienza el boulevard Gustavo Díaz Ordaz.



El diseño y la estructura pertenecen a Enrique Carbajal, mejor conocido como Sebastián, un arquitecto y escultor nacido en 1947 en Camargo, Chihuahua, especializado en la escultura monumental ya sea en acero o concreto. Sus obras están en lugares emblemáticos de Estados Unidos, Japón y México. En su trabajo encontramos elementos de arte cinético; en la creación de esculturas transformables o que parecen doblarse. Su trabajo creativo se distingue de otros artistas por la forma geométrica que le imprime a sus esculturas. 

Con esta obra se reforzó el concepto de que Santa Catarina es y ha sido desde 1577 la Puerta de Monterrey. Pero a decir de su autor, este trabajo tan importante es el más descuidado de todos los proyectos realizados. Desde 1985 ha sido testigo del crecimiento urbano desmedido hacia ese sector, de innumerables accidentes viales, del daño a su estructura pues lo mismo han subido vehículos a golpearla y de jóvenes que ven sus columnas un espacio para dejar sus pintas con aerosol. 

En una remozada le cambiaron el color original, de un tono rojizo que nos refería al hierro oxidado, ahora está pintado de color naranja. Con las luces que la iluminan, (con todo respeto) parece una estructura de plástico y no de acero, símbolo de la fuerza y dureza de los nuevoleoneses. Ciertamente las autoridades del municipio de Santa Catarina, han procurado su cuidado, colocando unas mallas que circundan la plazoleta y decorando con flores y plantas ornamentales su entorno. Todo el conjunto fue pensado para ser un sitio en alto en el cual se podía apreciar perfectamente el Cerro de las Silla, la Sierra de las Mitras y la Sierra Madre; pero permitieron el establecimiento de centros comerciales y bodegas que restaron su emblemática postura y posición. 


¿Y por qué la Puerta de Monterrey? Este monumento tan significativo y representativo de Sebastián, coloca a Santa Catarina no solo como La Puerta de Monterrey, sino a Nuevo León y al noreste mexicano. En un estudio monográfico que el maestro Israel Cavazos hizo en 1966, consideró a Santa Catarina “la puerta a Monterrey” desde 1596. Efectivamente, este valle ha testificado silenciosamente el paso de pobladores, conquistadores, obispos, religiosos misioneros, ejércitos, de carretas y recuas a ahora de camiones, automóviles y de personas que han elegido un mejor lugar para vivir en éste rincón de la patria o de quienes nos visitan y vienen de paso.

Muchas esculturas que inauguraron en aquel tiempo ya desaparecieron de donde fueron colocadas. El Teorema Lunar de Manuel Felguerez que estaba en AKRA, el Surgimiento de Rafael Calzada enfrente de Cerámica Regiomontana (ahora Daltile), Los Lirios también de Sebastián. Incluso las que pusieron a orillas del Río Santa Catarina en tiempos de Natividad González Parás están olvidadas y poco valoradas. Urge rescatarlas y devolverles la dignidad que representan, pues todas ellas distinguen a los valores representativos de la gente no solo de Monterrey sino de Nuevo León.


domingo, 15 de abril de 2018

Acerca de Leonor “La China”Flores


Antonio Guerrero Aguilar/

Monterrey no es tan solo la tierra de gente trabajadora, emprendedora, de industriales, militares y políticos con influencia más allá de la región y aportes considerables a la misma. En su suelo también han nacido músicos, poetas, escultores, pintores, cantantes, educadores y personas que han hecho de la creatividad y la inspiración su forma de vida. En ésta ocasión quiero hablarles de una compositora, una maestra de piano que hizo de la docencia y de la promoción musical su estilo de vida. Ella nació en la capital de Nuevo León un 16 de marzo de 1904, hija del abogado León Flores y de la profesora Josefina Rodríguez de Flores, quienes formaron una familia con nueve hijos.  A la par de sus estudios de primaria en el Colegio de la Luz y posteriormente en el Colegio Laurens, realizó su formación musical con el notable pianista Raúl Barragán y Sierra y con el maestro Daniel Zambrano; además de teoría y solfeo con el maestro Guillermo Hernández en la Ciudad de México.

A Leonor la recuerdan como “pequeña de estatura, cintura breve y cabello rizado”, por eso le conocían como “La China” Flores. Autora de innumerables piezas musicales, a las que daba una tonalidad a los poemas del insigne David Alberto Cossío y Manuel Neira Barragán; así como melodías, selecciones para canto y piano con ritmos populares. Como tenía un oído muy refinado, aprendía melodías enteras de memoria.  Luego las utilizaban sus alumnos para realizar ejercicios o a manera de repertorio.  Por tal motivo, existen varias copias catalogadas como originales de la misma melodía así como de sus composiciones.

Participó como pianista de varias orquestas, como la Bon-Ton JAZZ, pionera en tocar en Monterrey este género que estaba de moda en los Estados Unidos.  En 1941 acompañó al célebre compositor austriaco Ostar Strauss, autor de las operetas El Soldado de Chocolate y El Encanto de un Vals. Entre 1942 y 1943 hizo una gira artística como pianista en la Orquesta de Señoritas del Rio Art por Panamá, Costa Rica, Nicaragua y Guatemala. Luego formó parte de la orquesta de la estación X.E.W. de la Ciudad de México.

Ya en Monterrey, estableció un estudio de piano para dedicarse a la enseñanza musical. Su academia tenía por nombre Estudio Particular de Piano de Música Moderna, en donde atendía a más de 40 alumnos por semana.  Utilizaba el Método Winn escrito por el pianista norteamericano Edward R. Winn, basado en el aprendizaje sistemático de patrones rítmico-armónicos característicos del swing, blues, jazz, boogie boogie. Al concluir sus estudios, los alumnos recibían un diploma original otorgado por el Winn Studio of Popular Music, establecido en Nueva York en 1900. También fue una de las maestras fundadoras de la Escuela de Música de la Universidad de Nuevo León. A ella le debemos el himno del plantel.

Una ocasión, los notables violinistas mexicanos Pedro Valdez Fraga y Enrique Saloma estuvieron en Monterrey. Poco antes de iniciar la función, enfermó la pianista del concierto. Al levantar el telón, el maestro Valdez Fraga dijo al público: “La señorita X…, nuestra pianista, ha sufrido un accidente en este momento y no podrá acompañarnos, pero…. Sabemos que aquí en esta sala, como espectadora, hay una damita que puede suplirla perfectamente, se llama Leonor Flores, y voy a rogarle sea tan gentil de pasar a este escenario para poder ejecutar nuestro concierto, pues tengo conocimiento que ella nos salvara de tener que suspenderlo”. Al respecto, Leonor narró aquel episodio en aquella noche memorable: “Yo me sentí acomplejada en aquel momento, no sabía qué partido tomar, pero mi padre me rogó que accediera y subí al foro. A primera vista tuve que acompañar una obra escrita a mano por su propio autor el señor Valdez Fraga, y logré sortear no solo el acompañamiento sino ajustarme a un compás que paso el Sr. Saloma y a tiempo “salté”, no sé ni cómo, pues ya en esta parte no llevaba el papel la guía del violín”.

Fue una entusiasta organizadora de conciertos y veladas musicales a beneficio de causas sociales. Más de una vez, apoyada en el canto por la profesora Felicitas Treviño y la Unión Femenina Ibero Americana, presentaron conciertos en el teatro Monterrey del IMSS a beneficio del Cuerpo de Bomberos de Monterrey. En ese recital se cantaron varias composiciones de Leonor. Por sus aportes recibió varias preseas de distintas asociaciones por su cooperación desinteresada. Ganó el primer lugar en la convocatoria del Comité de la Feria del Algodón de Torreón, para componer el Himno de la Laguna.

Siempre aclamada, respetada y reconocida. Se le reconoce en la vida cultural de Monterrey, por ser la primera compositora reconocida. En octubre de 1967 recibió un homenaje de parte del Centro Regional de Iniciación Artística de Saltillo y la Dirección General de Acción Social del Gobierno del Estado de Coahuila. Ahí se cantaron treinta y ocho canciones suyas por magníficos cantantes saltillenses y regiomontanos. En una velada artística en el Aula Magna del Colegio Civil, tocaron y cantaron sus obras musicales. También asistió al concierto que las sociedades femeninas ofrecieron a los cronistas sociales de la prensa local, donde cantaron sus más bellas canciones. Una faceta poco conocida de “China” Flores es la de cantante. Junto con su hermana Carolina tenía un dúo de voz llamado Los Canarios.

En 1948 contrajo matrimonio con el Ing. Erick Rieckher, un ingeniero alemán establecido en México y con quien estuvo casada hasta su muerte. Respecto a la vida de la pareja, don Manuel Neira Barragán escribió: “Viven felices, pues el como buen alemán, es un admirador de la buena música y alienta a su compañera de la vida para que continué realizando esta obra que perdurable, inmortal, pues las obras de arte son más y más valiosas a través del tiempo”.

A ella le debemos el vals “Ilusión” que triunfalmente recorrió casi todos los estados de la república y que fue editada por una casa musical en los Estados Unidos en la década de 1920. Sus composiciones corresponden al estilo “stride piano”, muy famoso en la primera mitad del siglo XX.  Autora de tantas piezas musicales como “Montañas Mías”, “Pájaro Azul de las Alas de Tul”, “Te Pido un Beso”, “Te Adoré por eso Estoy Triste”, “Muy Cerca de Ti”, entre otras muchas. Su  producción  musical  comprende  una  gran variedad de canciones para voz (o dueto de voces) con acompañamiento de piano y obras para piano solo.  La mayoría de los textos fueron compuestos por ella. Además de sus canciones populares, destacan algunas obras con textos sacros como su “Ave María” para soprano y piano y “O Salutaris” para coro a tres voces y órgano.  Entre su producción instrumental se encuentra la “Serenata” para violín y piano y algunas orquestaciones y arreglos corales de sus canciones más conocidas como “Montañas mías” y “Sin tu amor”.

Leonor murió el 4 de noviembre de 1988. Para recordar sus aportes y composiciones,  la Ópera Metropolitana de Monterrey bajo la dirección del maestro Eric Steinman, realizó en 1996 varios recitales en los que se dieron a conocer las obras contenidas en el Primer Álbum de Canciones No. 1.  En ese año, el Ballet de Monterrey utilizó las canciones de “Promesa”,  Devoción” y “Te  adoré” como música para una coreografía. Apoyados por Conarte, los maestros Elda Nelly Treviño y Guillermo Villarreal realizaron la producción del primer disco compacto con obras para voz y piano y para piano solo en el año 2000. Luego le dedicaron el Segundo Foro de Compositores de Nuevo León del 2005 en el museo del Obispado. Para honrar su memoria realizaron una exposición museográfica, recitales con obras para voz y piano y piano solo; además de  mesas de discusión en torno a su obra.  Tuve la oportunidad de hablar de Leonor Flores durante un ciclo de “Café con historia” en el Museo de Historia Mexicana. Ahí conté con el apoyo del maestro Jorge Paredes y la maestra Elda Nelly Treviño. El contenido estaba pendiente, por eso ahora lo pongo a consideración de los lectores.

domingo, 8 de abril de 2018

¡Puro Linares!


Antonio Guerrero Aguilar/

Hablar de Linares, es tratar a una municipalidad repleta de rasgos distintivos que definen a ésta ilustre tierra, situada en un valle delimitado al oeste por la Sierra Madre Oriental, al este por las llanuras que comprenden la región conocida como el Plano Inclinado del Golfo, al sur el río Pablillos y al norte por el río Camacho.  Linares está en el corazón del noreste mexicano, al pie de las montañas que lo comunican al altiplano; entre Monterrey y Ciudad Victoria, Tamaulipas.

Desde el siglo XVII su territorio fue cruzado por los llamados “señores de ganado” que vinieron con sus miles de cabezas de ganado menor a pastar y a engordar. Como una forma de crear seguridad a sus asuntos ganaderos, dejaron estancias y poblaciones que bien podían enlazar la ruta de Matehuala con la Villa de San Juan Bautista de Cadereyta, San Mateo del Pilón y Monterrey.


Entre las montañas de la Sierra Madre se forman valles regados por ríos de buen caudal, en donde alguna vez vivieron los grupos originarios que no vieron con buenos ojos, los procesos de pacificación y colonización de los recién llegados. Por ejemplo, el 10 de junio de 1655 un caudillo de la tribu de los “Hualahuises” atacó la labor de Nicolás Vázquez allá por el rumbo de Labradores en el actual Galeana. Fueron perseguidos y atrapados por Antonio Orpinel, un vecino de Matehuala  que los llevó a Monterrey, en donde fueron bautizados por el entonces gobernador don Martín de Zavala quien lo perdonó en un acto público.  Al cacique le pusieron Martín por su padrino y en consecuencia le conocieron como Martín Hualahuis.  Junto con los suyos, lo congregaron en una misión a la que llamaron de San Cristóbal de los Hualahuises en 1689, atendida por los padres franciscanos.

En 1686 llegó procedente de Santa María Nativitas, Tlaxcala,  el militar Sebastián de Villegas y Cumplido para poblar una hacienda situada en los alrededores. Contrajo matrimonio con Ana María Cantú, viuda de Tomás de León. Cuando solicitó una “encomienda” de indios que pertenecieron a Marcos Flores y Ana de Ovalle, argumentó que su esposa era descendiente de los fundadores del Reino. Para  octubre de 1700 estaba casado con Anastasia Cantú, vecina del Pilón y pidió otra “encomienda” de indios pertenecientes al grupo de los “ampapa caeme amiguas”, que de acuerdo a don Pablo Salce Arredondo designa a los indios “que se untan de almagre y comen pescado”.

El sargento Sebastián de Villegas y Cumplido hizo campañas de pacificación por el sur del Nuevo Reino, apoyado por diez hombres que mantuvieron en estado de paz a la región. En 1711 donó ocho caballerías de tierra pertenecientes a la hacienda de Nuestra Señora de la Soledad, que habían comprado a doña María Díaz Varela. Mediante cédula real erigieron la nueva villa a la que pusieron de San Felipe de Linares el 10 de abril de 1712, en honor a San Felipe Apóstol y al entonces virrey de la Nueva España, don Fernando Alencastre Noroña y Silva, duque de Linares.

Como la fundación de la Villa de San Felipe de Linares, se hizo en terrenos de Hualahuises, sus habitantes protestaron y pidieron que la nueva población se alejara a distancia legal. Gracias a una licencia del virrey fundaron un pueblo dentro de la jurisdicción territorial y política de Hualahuises, pero de acuerdo a las Leyes de Indias no podían fundarlo a menos de cinco leguas de otro. Las cinco leguas equivalen más o menos a 25 kilómetros y Linares está a menos de dos leguas de Hualahuises. De ahí viene el viejo problema territorial. Esta misión se quedó tan solo con una jurisdicción de 25 kilómetros por cada lado y ahora solo tiene 126 kilómetros cuadrados. Es el único municipio enclavado dentro de otro en todo México, de ahí que lo consideren  “el Vaticano de Nuevo León”.

En aquel tiempo surgieron dificultades que llamaron la atención del gobernador del Reino como de la autoridad virreinal. Para solucionar este conflicto eligieron como juez de comisión al Lic. Francisco de Barbadillo y Victoria, del Consejo de su Majestad y Alcalde de Corte de la Real Audiencia de la Ciudad de México. Llegó a Monterrey en diciembre de 1714 para también poner en paz a los levantamientos de los grupos de naturales, que por el maltrato habían dejado las misiones por el abuso de los encomenderos y de los “señores de ganado”.


Pidió a los vecinos de San Felipe de Linares, que fijaran la villa en un lugar más distante. Pero los de San Felipe no aceptaron establecerse en el punto ya propuesto, se dirigieron otra vez con el virrey don Fernando Alencastre Noroña y Silva. Recabaron informes tendientes para justificar los hechos apuntados en la petición, resultando favorables los oficios rendidos por los comisionados. El 15 de noviembre de 1715 se les permitió quedarse en el lugar donde habían erigido la villa. Las autoridades creyeron conveniente que con la misión de los Hualahuises tan cercana, la nueva población se protegía mejor de las incursiones de los llamados indios bárbaros. El fundador de Linares, el sargento don Sebastián de Villegas y Cumplido murió en la Villa de San Felipe de Linares el 3 de agosto de 1728.

La historia de Linares es muy rica y estas líneas, apenas nos muestran un poco aquellos acontecimientos que la formación, hace poco más de 300 años.

domingo, 1 de abril de 2018

De La Vaquería de San Francisco


Antonio Guerrero Aguilar/

Hubo un pueblo conformado por ocho haciendas tan ricas y productivas que durante mucho tiempo fue considerado un granero proveedor de Monterrey. Era la estancia de San Francisco, propiedad de Gaspar Castaño de Sosa que la pobló a partir de 1583. Dos años después pasó a formar del patrimonio de Diego de Montemayor. Como se advierte, esas tierras que ahora forman parte de la jurisdicción municipal de Apodaca son muy antiguas, fueron recorridas desde tiempos de Alberto del Canto en 1577, por ahí pasaban para trasladarse del Saltillo a Santa Lucía y el Mineral de San Gregorio en el actual Cerralvo. Montes por donde habitaron los indios Guinalaes, alazapas, borrados, xiliguanes y guachichiles.



Cuando la Inquisición pidió la reaprehensión de Carvajal y de la Cueva en 1588, el Reino quedó desprotegido. Incluso de Montemayor pretendió conformar una población o buscar su traslado al Saltillo pero no pudo concretar sus planes. Con la fundación de Monterrey en 1596, don Diego de Montemayor repartió mercedes hacia el norte de la ciudad. Como era tierra de frontera, asediada continuamente por las incursiones de los llamados indios bárbaros; por el rumbo se beneficiaron Domingo Manuel que fundó la Hacienda de Santo Domingo y Juan Pérez de Lerma al norte de los Ojos de Agua de San Francisco. En 1597 se asentó por el rumbo Agustín de Charles, que tuvo un sitio de ganado mayor y seis caballerías de tierra como a dos leguas al norte de Monterrey, precisamente entre las tierras que ahora se conocen como El Mezquital y la cabeza del Topo. Tiempo después, su nieto Andrés de Charles traspasó esa propiedad a Bernabé González. Para propiciar las comunicaciones, se hizo un camino que enlazó a San Bernabé del Topo Grande, con la estancia de los Garza, Santo Domingo, El Mezquital, San Francisco el Viejo y San Francisco el Alto, como puntos que debían transitar entre la capital y las minas de San Gregorio. Esos puntos participaban de la defensa de los viajeros como poblaciones, en especial porque de 1620 a 1630, hubo rebeliones de indios por toda esa región.

Diego de Montemayor vendió esas tierras a don José de Treviño en 1610, quien luego las traspasó en 1624 a sus sobrinos Blas de la Garza y Alonso de Treviño en 4 mil pesos. Fueron unas seis caballerías de tierra equivalentes a unas 256 hectáreas. La Hacienda de San Francisco se dividió, de la Garza se quedó con las tierras viejas y el ojo de agua, mientras que Alonso de Treviño con la porción poniente, en donde se dedicó a sembrar y a mantener sus ganados. La posesión tenía la ventaja de contar con un manantial propio al que llamaban “La Maza de la Carreta”, porque había uno en el agua, además tenía un indio a su servicio unos indios, uno llamado Altamirano y el otro Phelipheche.


Esa mitad de la Hacienda de San Francisco, fueron llamadas de La Vaquería y con el correr del tiempo se le dio nombre de Hacienda de San Juan Bautista del Mezquital. El nombre de la Vaquería nos refiere inmediatamente a un sitio donde pastaban vacas y a la producción de leche. El usufructo constaba de dos caballerías de tierra y un sitio de ganado menor equivalente a 780 hectáreas. El 28 de septiembre de 1643, Alonso de Treviño le vendió su parte de la hacienda de San Francisco a su hermano Blas de la Garza, quien queda como único propietario de la misma en 3,200 pesos que se pagaron en especie y en cantidad. En el contrato se habla de que tenía un molino, acequias, casas y huertas. Don Alonso se fue al Valle de las Salinas y murió en 1654. Hacia 1692, lo hijos de Blas de la Garza, llamados Lázaro, Miguel y Francisco, reclamaron un sitio de ganado menor con un ojo de agua grande arriba de La Vaquería. 

No tengo el dato preciso de cuando pasó a llamarse San Juan Bautista de El Mezquital. Lo cierto es ya en los siglos XVII y XVIII se conformaron las ocho haciendas tan famosas que integraron la municipalidad de Apodaca en 1851, como Santa Rosa, Agua Fría, Huinalá, la Encarnación, San Miguel junto El Mezquital y San Francisco que quedó como cabecera del distrito. Las familias Garza como Treviño formaron núcleos importantes con los Guajardo, Elizondo, Lozano, Sáenz, Martínez, Flores y García, que también poblaron dos haciendas que ahora son del municipio de Pesquería, la del Espíritu Santo y Zacatecas, y otra llamada San José de los Sauces que pasó a formar parte del municipio de General Escobedo en 1868.


Toda esa región me imagino repleta de árboles típicos de la región como encinos, anacuas, anacagüitas, ébanos, mezquites, palmas, con pastizales suficientes, terrenos fértiles aptos para el cultivo como para la ganadería. El Mezquital como que era una extensión del Bosque del Nogalar de Santo Domingo. Cada hacienda tenía su ojo de agua, con la ventaja de que el río Pesquería y el arroyo de la Talaverna atraviesan la comarca. Alguien se refirió alguna vez que la Hacienda de San Francisco era un almacén en donde se guardaba el bastimento del general Agustín de Zavala. Por mucho tiempo, San Nicolás con Santo Domingo, Apodaca y Pesquería eran considerados los graneros de la ciudad de Monterrey, con haciendas tan influyentes y ricas, en donde también se dedicaron a la leche y producción de lácteos, dulces, como la siembra de caña de azúcar con sus trapiches, aguardientes, piloncillo, además de la apicultura.

El Mezquital está entre Santo Domingo de San Nicolás de los Garza y Apodaca, por el antiguo Camino a Roma. Mantiene su centro conservado, en medio de zonas residenciales como de uso mixto. Sobresale su templo parroquial dedicado al santo patrono de San Juan Bautista, la escuela monumental, la plaza y algunas casas con arquitectura netamente norestense. Aunque tuvo todo para ser una congregación, siempre fue considerada como una hacienda del municipio de Apodaca. Cuando se formó la municipalidad de San Nicolás de los Garza en 1831, las autoridades del Congreso se dieron cuenta de que había más habitantes entre San Francisco, El Mezquital y Huinalá que la nueva municipalidad. Ese año registraba 212 almas y en 1910, unos 618 habitantes.  Siendo jurisdicción de Monterrey, en 1831 crearon dos distritos electorales, uno en Santa Rosa al cual pertenecían San José de los Sauces, Agua Fría y un rancho llamado Contreras al norte del río Pesquería. El otro con cabecera en San Francisco del  que dependían El Mezquital y Huinalá. Todos gobernados por un juez de paz,  administrados por el cabildo de Monterrey hasta 1851.

El 16 de mayo de 1936, los vecinos pidieron dotación de ejidos, se les repartió 99 hectáreas. Los ojos de agua comenzaron a mermar hasta que se secaron en 1962. El viernes 14 de septiembre de 1962, el entonces gobernador Eduardo Livas, inauguró el monumento al Prof. Moisés Sáenz, obra del escultor José Luis Ruiz Hernández.

El nombre de El Mezquital, nos refiere a una comarca poblada de mezquites. Estos pueden amarillos, colorados, blanco, chino, de miel. Dicen que hay como diez variedades. La palabra que designa al árbol de las leguminosas con madera gruesa y fina para hacer muebles, puertas y pisos, es de origen náhuatl, significa árbol de goma para tinta. Las hojas son buen forraje para dar alimento a los ganados y las vainas se pueden comer. Produce una resina que puede ser usada como goma.


Esta ex hacienda y congregación de Apodaca situada en la zona metropolitana de Nuevo León, tan famosa porque por aquí pasó el ejército norteamericano en septiembre de 1846, vivió un ex gobernador y candidato presidencial de nombre Aarón Sáenz, nació un hermano suyo que fue diplomático y educador, el creador de la educación secundaria en México llamado Moisés Sáenz, por ser lugar de paso entre Monterrey y Cerralvo por el viejo camino a Roma, Texas, porque ahí dio cobijo a una importante comunidad presbiteriana a fines del siglo XIX y ahí vivió un médico que sembró las ideas del movimiento de liberación nacional y zapatista en Chiapas. Con sus casonas, su vieja escuela, las calles y la vegetación que nos transporta a otros tiempos. Cada 24 de junio hacen fiesta en honor al Santo patrono San Juan Bautista, la voz que clama en el desierto, con una feria en donde se cocina el mejor cabrito de la localidad y de la región.

Los antiguos pobladores dividían sus tierras en caballerías y peonadas, las primeras para quienes tenían caballo y podían recorrerlos en ellos; las otras para quienes andaban a pie. Una caballería comprende poco más de 42 hectáreas. También tenían sitios de ganado mayor en donde pastaban caballos, burros y reses, mientras que los sitios de ganado menor eran para las cabras y borregos. El primero con 1,755 hectáreas y el otro de apenas 780 hectáreas. Pero también llamaban “tierras de pan coger” a los temporales que requerían el agua de lluvias y las de “pan llevar” que si tenían acequias y ojos de agua. Hoy en día las catalogamos en colonias, montes, terrenos en breña, de uso industrial, comercial y habitacional o de uso mixto. De veras que las cosas y las tierras cambian de dueño como de significado.

domingo, 25 de marzo de 2018

La fiesta pascual


Antonio Guerrero Aguilar/

La palabra pascua viene del hebreo “pesaj”; literalmente significa paso. Es una festividad que nos recuerda la liberación y salida del pueblo hebreo de Egipto. Guiados por Moisés, debieron esperar 40 años para llegar a la tierra prometida. Un periodo relacionado con los 40 días que Jesús vivió en el desierto meditando y orando, en donde además fue tentado por el maligno antes de iniciar su misterio pascual. Por ello hay dos fiestas de pascua, la judía y la cristiana.


Durante el concilio de Éfeso en el año 325, para poner fin a la antigua polémica en torno a la celebración de la pascua en las dos tradiciones, el emperador Constantino pidió se fijara un calendario único por medio de una ley imperial. Una vez aprobada la iniciativa, encargó la tarea de fijar el tiempo pascual a la Iglesia de Alejandría, la cual contaba con muy buenos astrólogos. Entonces los sabios alejandrinos dispusieron una serie de normas: la pascua sería en domingo por ser el día del Señor. No debía coincidir con la pascua judía para evitar confusiones ni se debían celebrar dos fiestas de pascua en el año, específicamente porque el año nuevo comenzaba con el equinoccio de primavera, antes de la entrada del Sol en la casa de Aries. Aun y cuando estaba vigente la antigua disposición imperial, Roma no adoptó inmediatamente esa disposición de los alejandrinos.

El año 525 el monje Dionisio El Exiguo apoyó la celebración de la pascua a partir del primer plenilunio de primavera. Se trataba de un erudito y matemático, a quien se debe el cálculo de la era cristiana conocido como el “Año del Señor” (Anno Domini), que substituyó la fiesta anterior de era diocleciana. El plenilunio o luna llena es una fase lunar que sucede cuando la Tierra se halla situada exactamente entre el Sol y la Luna. Para lo cual propuso celebrar a la pascua de Resurrección el domingo inmediato a la primera Luna llena tras el equinoccio de primavera, supuestamente ocurrido el 21 de marzo. Entonces la pascua no debía celebrarse ni antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril. La celebración de la pascua o cuaresma como también se le conoce, (como periodo previo a la Semana Santa) cambia cada año y depende de la primera Luna llena que ocurre después del 21 de marzo. Se toma el domingo de Resurrección, se recortan 40 días y llegamos al miércoles de ceniza.

Regularmente vamos al templo a recibir ceniza y recordamos nuestra condición de pecadores, peregrinos en este mundo, dispuestos a la salvación y a la redención; reconocemos que somos parte de la Tierra y a ella regresaremos. Por eso nos imponen ceniza, preferentemente hecha con la quema de los ramos que quedaron del Domingo de Ramos anterior. Es una etapa de preparación, para participar del misterio pascual comprendido en la Pasión, Muerte y Resurrección, vividos y reflexionados durante la Semana Mayor en el Jueves y Viernes Santo, Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección.

Son días que exigen ayuno y abstinencia, además de redoblar esfuerzos para hacer el bien a los demás. Como es un período de renuncia, tenemos unos días previos en los que aprovechamos para vivir con fiesta y alegría, denominada “carnaval” o fiesta de la carne; con bailes, disfraces y demás bullicios cuyo origen está en las fiestas dedicadas al dios Baco en el imperio romano. Como viene un periodo de privación de la carne y de los placeres relacionados a ella, debemos vivir plenamente unos días previos al inicio de cuaresma, en donde se sugiere  vivir sin excesos y sin lujos, sin comer carne de animales y en particular sin “comer” carne humana, pues somos muy dados a hablar mal de los demás.


Son famosos los lugares en donde se hacen carnavales. Sobrevive la costumbre en Roma, Nápoles y Venecia, en México los de Veracruz y Mazatlán. Pero el que se lleva las palmas por las fiestas y desfiles que realizan es el de Río de Janeiro en Brasil. Ahí consideran al carnaval como una fiesta de inversión social, pues los ricos se hacen pobres y los pobres viven como si fueran ricos.

Ahora, ¿por qué relacionamos al conejo y los huevos con la pascua? De acuerdo a una leyenda, un conejo se quedó encerrado en el sepulcro de Cristo y fue testigo de su resurrección y la comunicó con alegría de la victoria de la vida sobre la muerte. Un anuncio que debía llegar rápido a todos los puntos de la Tierra. Y el conejo es símbolo de fertilidad. Basta con colocar una pareja de conejos una frente de otra para ver lo que hacen inmediatamente. El conejo reparte huevos como señal de la resurrección de Cristo, pues el huevo es el símbolo universal de la vida. Ciertamente al conejo lo relacionaban en la antigüedad con la fiesta de abril dedicada a la diosa pagana Astarté y con el culto a la madre naturaleza, a la vida, la fertilidad, el amor y los placeres carnales.

Además el animalito posee patas traseras que lo impulsan hacia adelante y patas delanteras con las que muy apenas se sostiene. Es un dilema o coyuntura que tradicionalmente se nos presenta: alguien quiere avanzar pero no puede o simplemente no lo dejan. Por lo tanto necesitamos de los demás para continuar con nuestra tarea. Yo recuerdo las palabras de mi mamá cuando se refería a una persona que siempre quería sacar provecho para sí sin importarle el beneficio de los demás: “es más largo que la cuaresma”. Una etapa de preparación, respeto y sacrificio, como entrega a los demás.


domingo, 18 de marzo de 2018

El Nuevo Reino de León en la obra de Eugenio del Hoyo


Antonio Guerrero Aguilar/

Para el inicio de los cursos en el Tecnológico de Monterrey en septiembre de 1943, se requerían maestros y vaya que los trajeron de distintas partes. Fue cuando llegaron hombres y mujeres ilustres que hicieron grande a una institución. A decir de Rafael Garza Berlanga, fue una pléyade de humanistas como Pablo Herrera Carrillo, Luis Astey,  Federico Uribe, Agustín Basave (padre e hijo), Andrés Estrada Jasso, Emilio Amores, Alfonso Rubio y Rubio, Isidro Vizcaya Canales, Eugenio del Hoyo; entre otros muchos más.

Don Eugenio Garza Sada pensó en un gran plantel con buenos jardines, además de una buena y accesible biblioteca, para que los alumnos formaran sus centros de lecturas, de reflexión y descanso.  Una institución en la que la técnica, la ciencia y la cultura dieran rumbo a las tareas de docencia, investigación y extensión.  Eran tiempos en que la rivalidad de la entonces Universidad de Nuevo León se hacía evidente en una sana competencia para ver quien tenía la mejor biblioteca. Si don Manuel L. Barragán hacía gestiones para adquirir los fondos de Emeterio Valverde y Téllez y la colección de Alfonso Reyes para establecer la Capilla Alfonsina entre otros fondos bibliográficos; la familia Prieto de la Fundidora donó sus colecciones del Quijote y gracias al apoyo de empresarios regiomontanos se compraron los fondos Pedro Robredo y la colección de los hermanos Méndez Plancarte tan solo por citar algunos, con la que fundaron una biblioteca le llamaron Cervantina.

Los maestros no solo enseñaban, difundían y ampliaban el conocimiento, preferentemente el de la región a la cual se insertaron todos ellos. Comenzaron a escribir y conocer los archivos parroquiales, consiguieron las colecciones de fotografías como las de Jesús Sandoval y Desiderio Lagrange. Fueron tiempos en donde lo mismo ingenieros, médicos, abogados y ex seminaristas dieron clases de humanidades como la historia, las letras, el arte y la filosofía.

Eugenio del Hoyo Cabrera, (Jerez, Zacatecas, 1914- Monterrey, 1989), llegó a Monterrey en 1950 para trabajar como académico en el ITESM y ocupó además la dirección de la biblioteca Cervantina. Además de su trabajo como bibliotecario de tan importante acervo, se dedicaron a sacar copias en microfilm en donde estuvieron trabajando historiadores como Tomás Mendirichaga, Gerardo de León y Fernando Garza Quirós. Para difundir los trabajos de los maestros y las investigaciones realizadas, crearon la serie de Historia de Tecnológico, unos libros hechos a la usanza antigua por el impresor Arturo Benavides Luna. Ediciones raras y ahora coleccionables y clásicas, que ahora vale la pena rescatar y difundir pues son esenciales para la historia regional que fueron la contraparte cultural y editorial del anuario Humanitas de la Universidad de Nuevo León.

No era un neófito en la escritura. En 1949, don Eugenio presentó “Jérez el de López Velarde” en 1949 y en 1962, el “Índice del ramo de Causas Criminales del Archivo Municipal de Monterrey”. Siguió investigando para escribir su obra cumbre. Para quienes vieron los afanes del maestro Eugenio del Hoyo, cuentan que se trata de un trabajo que le costó años, desvelos y tiempo que le quitó seguramente a su familia, su trabajo y a sus alumnos, pero sin restarle importancia a los mismos. Una vez concluido su manuscrito, acudió a una empresa regiomontana para pedirle apoyo para su publicación. No se concretó la ayuda y entonces visitó a una editorial a la Ciudad de México y tampoco lo imprimieron. La casa en la cual se dedicaba a la docencia y cuidaba su biblioteca, convencida de la importancia e impacto de su investigación decidió publicarlo en el número 13 de la Sección de Historia del ITESM en 1972. 


Fue una edición de tan solo 500 ejemplares, distribuidos en dos tomos que abarcaban la historia del Nuevo Reino de León entre 1577 y 1723, con ocho capítulos, 662 páginas y una imprescindible sección con notas bibliográficas. La temática comprende desde tiempos de Alberto del Canto, Luis Carvajal y de la Cueva, Diego de Montemayor, Martín de Zavala hasta fray Margil de Jesús y Francisco de Barbadillo y Victoria. 

El mismo autor se refiere a su texto como “una colección de ensayos históricos ordenados cronológicamente y señalar temas y caminos a los futuros investigadores y facilitarles la tarea registrando todos los datos que se pudieran obtener”. 

Para dimensionar su investigación, les diré que solo hay dos obras clásicas que abordan la historia virreinal del antiguo Nuevo Reino de León en los siglos XVI y XVII: una de ellas son las crónicas de Alonso de León, Juan Bautista Chapa  y Fernando Sánchez realizadas en ese lapso y la historia que don Eugenio escribió.

El libro se agotó y la editorial Al Voleo del recordado padre Aureliano Tapia Méndez, contando con el permiso correspondiente del autor como de la institución, hicieron una nueva edición de mil ejemplares impresos y entregados a partir del 30 de mayo de 1979 por la Editorial Libros de México.

Respecto a su obra, el historiador Ricardo Elizondo consideró: “En el noreste pocos estudios han tenido influencia tan profunda como el presente. Gracias a la obra de Eugenio del Hoyo, se pudo rectificar, justificar y profundizar en la historia de nuestra región” que ya tiene más de 400 años.


Para quienes tuvimos la oportunidad de tratar a don Eugenio del Hoyo, sabemos de su honestidad, congruencia, firmeza y de su cortesía. De su pasión por la exactitud. De sus cualidades como paleógrafo, de su amor por la docencia y la verdadera enseñanza que dejó en quienes fueron sus alumnos. Acucioso, crítico, dedicado. No muy dado a sacar libros al vapor y publicaciones cíclicas. Esperaba con paciencia para hacer público su trabajo. Consciente del arduo trabajo, crítico consigo mismo y  exigente basado en manuscritos.

Don Eugenio a través de la Cervantina trazó vidas y caminos. Como se advierte en su prólogo: “este trabajo está dedicado a los investigadores que vendrán después de nosotros, solo en ellos pensamos”. Ahí está en forma implícita su aspiración a la trascendencia, pues lo escribió no solo para el público de su tiempo, sino en aquellos que vendrían. Y no se equivocó pues éste libro es uno de los clásicos de la historia regional como la obra de Alonso de León, Juan Bautista Chapa, Fernando Sánchez de Zamora, José Eleuterio González, Rafael Garza Cantú, David Alberto Cossío, Israel Cavazos Garza, Isidro Vizcaya Canales, los Mendirichaga y por supuesto don Eugenio del Hoyo. Por eso el Tecnológico de Monterrey y el Fondo Editorial Nuevo León, hicieron la tercera edición de la Historia del Nuevo Reino de León (1577-1723) por Eugenio del Hoyo en el año del 2005 con 675 páginas. 

Hablar del Nuevo Reino de León, es tratar sin duda a don Eugenio del Hoyo. Siguió aportando con sus investigaciones a la historia colonial del Nuevo Reino de León y de su natal estado de Zacatecas. El falleció el 6 de junio de 1989. 

domingo, 11 de marzo de 2018

Huajuco y otros temibles caciques y caudillos


Antonio Guerrero Aguilar/

Con la llegada de los conquistadores y pobladores de procedencia ibérica a la región noreste, debieron tratar y/o someter caciques o caudillos indígenas que comandaban o regían las diversas rancherías o naciones de las llamadas tribus chichimecas. Los cronistas de la época se refieren a ellos como capitanes, jefes, caciques o caudillos, cuyos nombres se aplican en la actualidad a sitios emblemáticos como lo son Nacataz e Icamole en Villa de García, Mamulique en Salinas Victoria, Lazarillos y Colmillo en Allende, el Huajuco en Villa de Santiago y Zapalinamé en Saltillo.

Según la leyenda, Zapalinamé fue un valiente guerrero de la tribu de los huachichiles, quien al ser herido después de librar un feroz combate defendiendo la libertad de su pueblo, llegó hasta su refugio en la sierra. Herido y cansado se recostó, con el rostro hacia arriba viendo el azul intenso del cielo que cubre el valle de Saltillo, decidió quedarse como protector del aquel lugar. Hoy en día la sierra de Zapalinamé es una reserva natural protegida, que produce el 70 % del agua que se consume en la zona de Saltillo, Ramos Arizpe y Arteaga.

Colmillo fue un cacique huachichil perteneciente a la nación Cayo Cuapa, quien junto con su hermano Huajuco mantuvieron en zozobra a toda la región, durante los primeros tiempos de fundarse la ciudad de Monterrey. Fue bautizado con el nombre de Cristóbal. Por dedicarse a la venta de esclavos y al robo de las estancias y haciendas fue gravemente herido. Según la leyenda huyó hasta un paraje situado río arriba del Ramos en Allende, en donde murió. Por las noches en los alrededores,  oyen el llanto del cacique.

Indudablemente el más conocido de todos los caciques indígenas se llama Huajuco, pues su nombre da origen a una extensión territorial situada al sur de Monterrey, la cual atraviesa todo Villa de Santiago y parte de Allende, delimitada por la sierra Madre y el cerro de la Silla. Se le describe como alto, feroz, mandaba con imperio y hablaba diversas lenguas. Se dedicaba a mantener en estado de sitio a Monterrey y a sus alrededores con sorpresivos y continuos ataques. Una vez que se convirtió al cristianismo, se dedicó a robar jóvenes indios para venderlos en colleras. Iba hacia el río del Potosí, cuando los indios se le rebelaron y lo golpearon,  dejándolo gravemente herido en 1625.

Por ese tiempo, en jurisdicción de la Pesquería Grande, andaba otro cacique del grupo de los tepehuanes quien murió de una lanzada. Otro conocido como Nacastlahua, fue muerto a palos en 1624 en Cadereyta porque se sentaba a la mesa antes que sus patrones. Para vengarse, los indios se rebelaron y quemaron el jacal en donde vivía Alonso Pérez. Ahí mataron a uno de nombre Pereyra a quien se comieron en barbacoa.

Hay otro cacique de nombre Martín Hualahuis, quien atacó en 1655 una estancia de Nicolás Vázquez en San Pablo de Labradores. Fue atrapado y conducido a Monterrey en donde fue bautizado, siendo su padrino Martín de Zavala. Con su gente se formó la misión de San Cristóbal de los Hualahuises. Otro indio cantor de la misma ranchería de San Cristóbal, perteneciente al pueblo o nación de los Hualahuises, participó en varias de las empresas de pacificación y conquista al servicio de los nuevos pobladores, pues al saber diversas lenguas, prestó valiosos apoyos por conocer las tradiciones y creencias de los distintos pueblos de la sierra de Tamaulipas.

Hubo otro de nombre Cabrito, quien se levantó contra los conquistadores en 1651 por el rumbo de la sierra de Papagayos allá en el actual municipio de Los Ramones. Para capturarlo, tomaron a su esposa para encerrarla en una casa que Alonso de León tenía en Cadereyta. La india escapó y dio aviso de cómo estaba la situación de la ranchería, a donde cayeron los indios el 27 de noviembre de 1651. El sitio fue roto cuando llegaron vecinos de Cadereyta a rescatarlos. Ahí Cabrito fue mortalmente herido y antes de morir, pidió se robaran las bestias a los pobladores para poderlos vencer. De por el mismo rumbo, tenemos a Lazarillo, un cacique indio del grupo de los borrados, nacido en 1599, quien vivía en Cadereyta en 1639.

Como se advierte, hay muchos caudillos y temibles caciques que no aceptaron el modo de vida de los primeros pobladores, y se dedicaron a mantener en estado de guerra viva a toda la región hasta mediados del siglo XIX.

Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.